1 de agosto de 2016

LOS TRES GARCÍA




No sé en qué momento se me ocurrió llevar a Diego a la fiesta de cumpleaños de su primo. Pensé que mataría dos pájaros de un tiro: él se divertiría y yo quedaría bien con mi hermana y su familia.
          Como todos los sábados desde que me divorcié, me aparecí en casa de mi ex antes de las 10 de la mañana (me tiene amenazado con que si llego tarde ya no los encuentro; parece una regla justa, pero la verdad es que lo hace para seguirme controlando: porque así ya no puedo irme de juerga los viernes y, si duermo con alguien, tengo que despacharla tempranito). El hecho es que llegué a su casa fresco como una lechuga. Y Diego, que parece que está entrando a la edad de la punzada, salió a abrirme sin entusiasmo. En lugar de darme los buenos días, me barrió con su mirada de escuincle malcriado:
          —¿Por qué te vestiste así?
          No era nada especial: tan sólo unos jeans nuevos, una camisa recién planchada y un saco sport.
          —¿No puedo? —le pregunté tratando de sonreír. Ese niño y su madre tienen el poder de hacerme sentir inseguro.
          —No estarás pensando que te voy a acompañar otra vez a las carreras de caballos, ¿verdad?
          —No. Ya sé que no te gustan.
          —¿Entonces?
          —Si me dejas pasar y me invitas un café, te explico.
          Hasta ahí se oía la música a todo volumen: una música ruidosa, de esa que les gusta a los drogadictos. Diego se hizo a un lado: un chico raro, tal vez chaparro para su edad y más bien enclenque porque no le gusta hacer ejercicio. Está descalzo, pisando con los talones el deshilachado dobladillo de unos jeans demasiado largos. Camisa a cuadros sobre una playera roja. Pelo largo, como de niña.
          —Mi mamá no está.
          —¿Adónde fue? —pensé que me iba a contestar que a la tienda. Pero no.
          —Ya sabes: con Mariano.
          Tuve la tentación de preguntarle si su madre salió muy temprano o se fue con ese tipo desde la noche anterior, pero me contuve: ¿para qué empezar el día con un golpe al hígado? Me puse cómodo en el sofá mientras mi hijo iba a preparar el café y se servía un vaso de coca. Cuando llegó y le bajó el volumen a su música, le expliqué el plan:
          —Vamos a la fiesta de tu primo: es su cumpleaños.
          —¿Qué primo?
          —Mariano (con lo que me caga el nombrecito).
          —Marianito —aclaró Diego; le gusta llamar así a su primo para diferenciarlo del otro, aunque sabe que me molesta mucho: es una manera de reconocer que el otro existe.
          —Mariano —lo corregí.
          Tomó asiento, hundiéndose como un rey en el sillón de brazos, y me dirigió una mirada fría, de adolescente odioso.
          —No quiero ir.
          —¿Por qué?
          —Ya sabes que me aburren esas fiestas. Me aburre todo lo que hace tu familia.
          —Te aburren porque te crees muy intelectual, igual que tu madre.
          Diego hizo un pausa. Le dio un trago a su coca y se preparó para echarme un discurso:
          —Mira, viejo: tú bien sabes cómo va a estar eso. Van a decorar el jardín con globos y mamantinas de esas que le gustan a tu querida hermana, le van a contratar a Marianito  un mago o un payaso y los peques se van a desternillar de risa con cada idiotez que diga o haga. Yo no voy a saber qué es peor: si estar con esos sopes o buscar refugio en otro lado. Si me aíslo, mi tía va a ir a preguntarme por qué estoy tan pensativo, si es por la novia o qué onda. Y si me voy a buscar al tío Carlos, que dentro de todo es el menos tarado de toda la tribu, tu hermanita va a ir de todos modos a joder. Se va a poner a criticar cómo me visto y cómo hablo, me va a preguntar cómo voy en la escuela y si no preferiría mudarme a la de Marianito, que es “la mejor de la ciudad” y, por supuesto, no perderá la oportunidad de hacer comentarios de víbora sobre mi mamá.
          Terminó de hablar y se me quedó viendo como esperando una respuesta. Pero no supe qué decirle. ¿Qué tiene de malo que la gente se divierta? Uno no puede pasarse la vida hablando de libros, películas y música. Eso sí es aburrido. Yo tenía un amigo así a esa edad y las niñas huían de él.
          —Va a haber chicas bonitas. Puedes dedicarte a ligar y...
          —¿Platicando de marcas de ropa? No, gracias.
          Me quedé callado. Yo sí pensaba ligar en la fiesta, la verdad. Mi cuñado me prometió invitar a una compañera suya del trabajo que se llama Marcia y está buenísima. Además a mí sí me gusta estar con mi familia: mi mamá, mis hermanos...
          —¿No puedes hacer esto por tu padre? —le pregunté a Diego con mi voz más triste. No era por manipularlo. Es que de verdad me da tristeza tener un hijo así.
          —¿Por qué no mejor vas tú solo? Vamos a hablar con la neta: tú quieres que vaya porque te sientes comprometido a pasar el sábado conmigo. Es tu manera de sentirte buen padre y demostrarle a mi mamá y al mundo que lo eres. Pero no lo disfrutas mucho que digamos y yo tampoco.
          —No digas eso.
          —Somos diferentes, nos gustan cosas diferentes. Mira, si vas tú solo a esa fiesta, te la vas a pasar mejor que si vas conmigo. Y yo voy a estar contento de quedarme en la casa ahora que es toda para mí. No me aburro, no te preocupes por eso. Y hay comida, nada más es cosa de calentarla. Es más, si quieres, cuando venga mi mamá le digo que fuimos al parque y nos la pasamos muy bien.
          Me sentía a punto de llorar. De hecho, tuve que limpiarme una lágrima con el nudillo del pulgar. Diego se dio cuenta y como que le bajó un poco a su rencor. Cambió de actitud:
          —¿Seguro que quieres que vaya? ¿No te vas a avergonzar de mí ni vas a hacer que yo me sienta avergonzado?
          —Tú eres el que se avergüenza de mí, hijo. Yo siempre te he aceptado como eres.
          —Está bien. ¿Qué regalo le vamos a llevar a Marianito?
          —Pasamos a comprarlo en el camino —le contesté, súbitamente animado. Lo tenía todo: era un buen padre, cumplía con la promesa hecha a mi mujer y tenía la perspectiva de un ligue que inyectaría vida a mi vida.
          —Muy bien. Pues entonces espérame: voy a ponerme zapatos —me dijo, poniéndose de pie.
          —¿Nada más eso? ¿No te vas a cambiar de ropa?
          —Acabas de decirme que me aceptas como soy.
          —Está bien —cedí, como siempre.

Una hora después llegamos a la casa de mi hermana. Salió a abrirnos Mariano, muy en su papel de anfitrión. Mi hijo le entregó el regalo que le llevaba: un rompecabezas Ravensburger de 3000 piezas.
          Pasamos al jardín, donde estaban ya todos los invitados mirando una función de títeres. Antes de tomar asiento fui a saludar a mis parientes —mi hermana, mi hermano con sus respectivos cónyuges, mi mamá— y busqué con la mirada a Marcia. Nuestros ojos se encontraron de golpe, poderosamente: ella también me miraba; tal vez estaba esperándome. Pero me habría visto muy mal yendo a chulearla cuando todo el mundo estaba atento a los chistes de los monigotes. Me senté, pues, al lado de mi madre y traté de parecer interesado. Era una tarde soleada, verde y azul, inmensamente placentera. Respiré hondo y, sin darme cuenta, me fui metiendo en la historia que contaban los títeres y empecé a reírme de verdad. En algún momento me reí con tantas ganas que dos o tres gruñones se me quedaron viendo.
          —¿Ya encontraste quién te haga la limpieza? —me preguntó mi mamá en cuanto terminó la función.
          —¿Perdón? —no me dejaban oír los aplausos.
          —Que si ya encontraste muchacha.
          —Ya. Ya encontré una, mamá.
          —¿Limpia, honrada?
          —Es la que le ayuda a Liliana. Ella me la recomendó.
          —¿Y ya fuiste a ver al neurólogo para lo de tu insomnio?
          Seguí sufriendo el interrogatorio de mi progenitora, luego llegó mi hermana a apoyarla y total que no pude ir a ver a Marcia. De pronto ya no estaba donde la había visto. “Estará en el bar tomándose una copa con mi cuñado”, pensé. Y efectivamente, ahí estaba. Ahí estaban también mi hermano Carlos y mi hijo, que quién sabe en qué momento se separó de mí.
          —Hasta que te apareces —me reprochó mi cuñado, extendiéndome sin preguntarme una cuba—. Hay que aprovechar la compañía de Marcia, que nos quiere abandonar temprano.
          —¿Adónde vas? —le pregunté, temiendo que se tratara de una cita.
          —Al teatro. ¿Quieres ir? Tengo dos boletos.
          Wow. Eso sonaba a plan con maña. Me sentí halagado y afortunado.
          —Claro que sí. ¿Qué vamos a ir a ver? —tenía la esperanza de que se tratara de una comedia musical o algo así, ligero, que me ayudara a relajarme.
          La casa de Bernarda Alba. ¿La conoces?
          Me volví a mirar a Diego con cara de “échame la mano, güey”.
          —Este... pues no la visto en escena, pero es de —alcancé a ver que mi hijo, discretamente, movía los labios para formar la palabra “García”—... de García Márquez, ¿no?
          Marcia sonrió y empezó a examinarse las uñas, castigándome con un silencio muy incómodo. Diego movía los labios dibujando otras palabras, pero ya no quise mirarlo. Le di un trago grande a mi cuba.
          —No te gustan los libros, ¿verdad? —me reprochó, más que preguntar, la mujer que aún en ese momento me parecía la más hermosa sobre la tierra.
          —Cómo crees que no. Habías de ver mi departamento: tengo como veinte y justo  la semana pasada me compré las Cincuenta sombras de Grey. Me lo devoré, ¿eh? ¿Tú ya lo leíste?
          —Ahorita vengo —avisó Marcia por toda respuesta. Se tomó de un trago el resto del martini que tenía en la mano y se puso de pie.
          La vimos perderse hacia el jardín, caminando con todo el salero de las auténticas mamacitas, las piernas enfundadas en unos jeans negros. En cuanto desapareció, me volví hacia Diego:
          —¿Dije algo malo?
          —No —me respondió, y él también se fue.
          Mi cuñado me sirvió otra cuba. Me quedé ahí, con él y con mi hermano y otro invitado que llegó después. Perdí la noción del tiempo. Sólo me di cuenta de la hora cuando Marcia, efectivamente, volvió. A despedirse.
          —Ya nos vamos —anunció.
          —¿Quiénes se van? —le preguntó mi cuñado, entre curioso y divertido.
          —Diego y yo.
          —¿Diego? —pregunté, incrédulo y luego molesto: no me habían pedido permiso.
          —Sí —confirmó mi hijo, uniéndose al grupo de bebedores—. Ya le avisé a mi mamá al celular. Me dijo que estaba bien. A ti no te molesta, ¿verdad?
          —Yo lo llevo a su casa después de la función —lo apoyó Marcia.
          Ya que desaparecieron, dejándome frustrado y encabronado, le pregunté a mi hermano Carlos, ya nada más por sacarme le espina.
          —Oye, ¿quién escribió la obra esa que van a ver? Algún García, ¿no?
          —Juan García Ponce —me contestó él y empezó a carcajearse.

16 de febrero de 2016

Entrevista con Patricia Correa sobre Operación Snake


P.C. Agustín Cadena, eres novelista, cuentista, ensayista, poeta y traductor, además de profesor universitario de literatura, y has publicado más de veinte libros. Ahora presentas tu nueva novela: Antisocial -Operación Snake. ¿Qué te motivó a escribir esta novela?

A.C. Empecé a escribir para jóvenes hace muchos años sin darme cuenta, cuando publiqué un libro que se llama Todos los días azul cielo. Eran recuerdos del tiempo que pasé en el Austin College, en Texas; recuerdos de la vida de los estudiantes, de ese mundo que es como el de los comics de Archie. Lo escribí como una colección de cuentos para el lector en general, pero años después me di cuenta de que en realidad era para lectores juveniles; ellos eran quien más leían el libro y a quienes más parecía interesarles; empecé a reflexionar en eso y a explorar más y más el tema. Publique años después un libro para niños, La guerra de los gatos,  por el cual me dieron el premio Juan de la Cabada, y luego seguí publicando y volví a aquellos recuerdos de la adolescencia del primer libro, y empecé a escribir para adolescentes. Mi primera novela en este género se llama Alas de gigante. En gran parte gracias a la recepción y a los comentarios de los lectores se me ocurrieron las posteriores: Operación Snake, La sed de la mariposa, Fieras adentro.

P.C. ¿De qué trata tu novela Operación Snake?

A.C. Es una bildungsroman; es decir, una historia de formación, de cómo un chico pasa de la casa segura de la infancia a ese territorio de arenas movedizas que es la adolescencia. Trata de eso y de su encuentro con el amor, con el temor, con las creaturas de la noche que invisibles, nos acompañan siempre.

P.C. ¿Crees que Horacio sea antisocial por la falta de atención por parte de sus padres?

A.C. Los padres de Horacio son artistas y ellos mismos son antisociales en cierta forma, como lo son muchos otros artistas aunque tengan una aparentemente intensa vida social. Tienen aversión a cierto tipo de gente. Yo creo que Horacio aprendió a un poco de sus padres, pero otro poco es en efecto que le falta atención; es un chico solitario, que se sabe diferente a sus compañeros y se protege despreciándolos.

P.C. ¿Por qué el personaje principal (Horacio) refleja su rebeldía haciéndose detestar en la escuela?

A.C. Es un mecanismo de defensa. Yo también era antisocial a esa edad y reconozco que en gran parte era porque tenía miedo de ser vulnerable, de que  me lastimaran o me despreciaran; me protegía del desprecio despreciando, siendo antisocial.

P.C. ¿Crees que, como en tu libro, la mayoría de las personas se dejan llevar por las apariencias? Refiriéndonos a cuando Horacio sospecha de Erick por su forma de vestir y de vivir.

A.C. Sí, porque cuanto más vivimos utilizando los medios de comunicación modernos, más estamos expuestos a los estereotipos, a los clichés a los prejuicios. Es mucho más fácil tomar a una persona por lo que parece, por lo que los medios nos han enseñado acerca de la apariencia, que por lo que es. Aunque hay que reconocer que, en la novela, Erick jugaba a eso: era lo que quería.

P.C. En la historia aparece un personaje fantástico conocido como “lamia”. ¿Cuál fue la idea de incluir a este ser mitológico en la novela?

A.C. Es un personaje fascinante, ¿no crees? Y Jonh Keats lo hizo aún más fascinante.

P.C. ¿A qué público va dirigido el libro?

A.C. El libro va dirigido a adolescentes. Aunque claro que muchas veces mis lectores son mis contemporáneos, o más o menos de mi edad. O niños.

P.C. ¿Qué crees que haga falta actualmente en los libros para que los jóvenes se acerquen a leer?

A.C. Creo que les falta respeto por el adolescente, porque hay una idea de que el adolescente necesita que lo guíen, que le digan cómo vivir, qué es bueno y qué es malo, cosas así, y en realidad lo que yo busco y como me he acercado a los chicos ha sido desde la idea de que todos nos equivocamos, a cualquier edad. Ellos están ejerciendo su derecho al error, que no podemos quitarles. Así son mis personajes.

P.C. ¿Cuáles han sido tus influencias literarias?

A.C. Las obras clásicas, sobre todo del siglo XIX. En mi trabajo como escritor de novela juvenil están muy presentes autores como Charles Dickens y Jack London.

18 de enero de 2016

El Grimmur



Iustración: María Fragoso

El Grimmur es una creatura de la noche urbana. Del tamaño de una cabra, pero con la agilidad de un mono o un gato, despliega alas de murciélago que no le sirven para volar, pero sí para saltar de una azotea a otra. El Grimmur trepa por las paredes de las casas y cae sin hacer ruido entre las sombras de algún patio o en el descanso de una escalera. Conoce todos los balcones y sabe quiénes duermen con la ventana abierta. Esconde tesoros en las chimeneas, juega con los tendederos y bebe el agua de los tinacos.
          La gente que le tiene miedo ignora que dentro del Grimmur habita un bello ser. Pero claro, el no saberlo tampoco sería una razón para no tenerle miedo. La belleza no está peleada con el peligro.