21 de febrero de 2017

EL CUADRO DE LAS HERMANAS

Una historia de Damiana y Orly




Sentado en un sofá destripado, Orlando dejó que su mirada flotara libremente en la penumbra de esa bodega de cosas viejas, yendo de las repisas con libros y libretas escolares al excusado convertido en maceta para helechos, y del pesado televisor de bulbos al altero de cajas que contenían quién sabe qué. Inopinadamente llamó su atención un objeto que se hallaba recargado en la pared, detrás de un montón de discos LP.
         —¿Puedo ver ese cuadro? —le preguntó a Damiana, quien estaba en el otro extremo del sofá acariciando a su gata y distraída en sus propios pensamientos.
         —Si puedes preguntarme eso es porque lo estás viendo, ¿no? —le respondió ella, con su implacable lógica de siempre.
         —Perdón, quise decir: ¿Puedo examinarlo?
         —Estoy cavilando sobre el futuro del planeta y me interrumpes para preguntarme esa idiotez. Examina lo que quieras.
         Aun antes de que terminara la frase, el chico ya se había levantado del sofá. Hizo a un lado los discos, despertando una nube de polvo que brilló en la penumbra como si hubiera sido de oro. Levantó el cuadro, lo sacudió con cuidado y se lo llevó para mirarlo al haz de luz que más o menos lograba entrar por un ventanuco. Era un óleo sobre tela, sin marco, que mostraba a dos muchachas: una sentada en una silla y la otra de pie detrás de ella, peinándola. Orlando lo contempló largamente y al final preguntó:
         —Dam, ¿cómo llegó este cuadro aquí?
         Ella levantó la vista de la gata.
         —A verlo. ¿Qué cuadro es?
         Orlando se lo enseñó desde donde estaba.
         —Ah —dijo ella como si no tuviera importancia—. Mi padre se lo ganó a un borracho en una partida de ajedrez.
         —¿Y no sabes que puede valer mucho?
         —¿Crees? —Damiana se levantó por fin del sofá.
         —Estoy casi seguro.
         —¿Cómo de cuánto estamos hablando?
         —No sé. Mucho.
         —Pero, ¿como cuánto es “mucho”, Orly de frambuesa?
         —Bueno, no tanto como un Matisse o un Van Gogh, pero creo que con lo que te pagaran por él podrías dejar de delinquir unos meses.
         —¿Estás seguro?
         —Seguro seguro, no. No soy experto. Pero podríamos preguntar.
         Damiana se quedó pensando. Tenía a Orly por un chico inteligente y no se tomaba a broma nada que él dijera en serio.
         —¿Tú conoces a alguien que pudiera decirnos? —le preguntó.
         —No. Pero podríamos llevarlo a una galería.
         —¿Para que me estafen? ¡No, gracias! —reclamó ella, casi ofendida.
         Orlando ya estaba acostumbrado a la peculiar lógica de sus reacciones y sonrió:
         —Perdón, Dam, pero si tanto lo valoras, ¿por qué lo tenías ahí arrumbado?
         —No estaba “arrumbado”. Aquí todo tiene su lugar.
         —Bueno —sonrió el chico una vez más—, voy a ver si en internet averiguo cuanto puede valer —sacó su celular y le tomó una foto al cuadro—. Ya me voy.
         —¿Ya te vas, Orly de pistache?
         —Sip.
         —Está bien.
         Ella lo dejó ir, cerró la puerta y volvió a su sofá para pensar.
         Toda su vida la había pasado ahí. Esa bodega era la parte trasera de su casa, y su padre se la había dado a ella, junto con todo lo que contenía, que eran los recuerdos de la familia. Así veía el señor todo eso que para la gente normal era basura. “Son recuerdos”, decía, y no permitía que se tirara nada. Por eso nunca se le ocurrió a ella que entre todos esos triques pudiera haber algo valioso. ¿Sería verdad lo que decía Orly? ¿Y si era una broma nada más?
         Damiana no pudo quitarse el cuadro de la mente. Volvió a examinarlo quién sabe cuántas veces, como si tratara de descifrar un texto en un idioma arcaico. Y en la noche tuvo pesadillas con él. Soñó que ella era una de las chicas del cuadro: la que estaba de pie. La otra, la que hallaba sentada, empezaba a regañarla sin darle la cara: “¡Me estás jalando, estúpida!” Era una voz cargada de ira, de odio. “¡No sirves para nada!” Y Damiana no contestaba; se dejaba humillar y simplemente seguía con su tarea en silencio. De pronto la otra chica se volvía hacia ella. Entre la enmarañada cabellera negra, Damiana veía una cara horrible, una cara de bruja mala. Una bruja que tenía los rasgos de Emanita. Pero Emanita estaba muerta; había muerto en un accidente. ¿Por qué la soñaba ahora?
         Cuando despertó, en la oscuridad de la madrugada, tenía miedo. Encendió la luz y fue a la bodega a buscar el cuadro. Estaba ahí, en su lugar, recargado contra la pared: una criatura viva, hostil, un monstruo enano que en cualquier momento saltaría sobre ella.
         Damiana trató de reírse de sí misma y del cuadro. Y con la risa, más o menos, exorcisó su miedo. O mejor dicho, lo transformó en una extraña variedad de ojeriza.
         Volvió tranquila a su recámara y pudo conciliar el sueño.
         A la mañana siguiente, lo primero que hizo fue llamar a Orlando:
         —¿Averiguaste algo de mi cuadro?
         —Estuve buscando —le contestó él, con voz de que acababa de despertar—, pero no encontré nada.
         Damiana reaccionó como si ésa hubiera sido la respuesta que deseaba oír:
         —¿Entonces no tiene ningún valor?
         —Hay que llevarlo con algún experto.
         —Si no está en internet es que no vale gran cosa.
         —No, oye. No fue eso lo que quise decir.
         —Es suficiente. Gracias —Damiana no esperó a oír más. Fue a la bodega en busca del cuadro.
         Conociéndola, Orlando se apresuró a regresar con ella. Pero tuvo muchas cosas qué hacer: desayunar, ir a la escuela, comer, discutir con su madre un asunto doméstico... cuando por fin llegó a la bodega, ya en la tarde, se encontró con que tenía que ir a sacar el cuadro del bote de la basura. Pero aún así no pudo salvarlo: Damiana había cortado la tela en varios pedazos con una navaja.

9 de noviembre de 2016

EL ÁRBOL DEL CONOCIMIENTO





Una vez, paseando de madrugada, Kumi vio que de la puerta de una casa salía una luz débil, amarillenta. Le pareció que era una tienda, pero, ¿una tienda abierta a esas horas? Acercándose más pudo ver el letrero: “Librería de viejo El árbol del conocimiento”. Le pareció de lo más raro. La gente de ahí no era muy afecta a los libros. Todos tenían uno porque amaban la cultura, y cuando éste ya estaba muy viejo y no se veía bonito o había pasado de moda, lo cambiaban por otro, no importaba cuál porque de todas maneras nadie lo leía. Y había una biblioteca comunitaria, pero nadie la visitaba. Entonces, ¿quién iba a comprar libros viejos? Cada vez más curiosa, entró al local. La puerta estaba muy bajita y el interior igual. Eso le gustó: era un lugar hecho para alguien pequeño como ella. Las paredes se hallaban cubiertas de libreros, pero luego había un letrero donde decía que los libros no estaban en venta. Kumi se puso a leer los títulos. Se detuvo en uno que tenía un monstruo negro en la portada y se llamaba El Grimmur. Iba a empezar a hojearlo, pero de pronto la saludó una voz, asustándola.
         —Hola.
         Venía a su encuentro un hombre como de sesenta años, con barba larga y blanca y pelo largo y blanco peinado en cola de caballo. No era muy alto, pero tampoco era un enano como se habría esperado del habitante de ese lugar. Y estaba cojo de una pierna; caminaba apoyándose en un bastón negro con forma de serpiente.
         —Hola —repitió, viendo que la niña no contestaba.
         —¿Quién eres? —reaccionó ella por fin, desconfiada.
         —Me llamo Baltasar. ¿Y tú?
         Kumi no contestó. En lugar de hacerlo hizo otra pregunta:
         —¿Trabajas aquí?
         —Vivo aquí. Soy el dueño de este negocio.
         Como el hombre hablaba sin acercársele demasiado, Kumi empezó a relajarse.
         —¿Por qué están tan bajitas las paredes? —dio rienda suelta a su curiosidad— Si me subo a una silla, podría alcanzar el techo.
         —Yo las quise así.
         —¿Para qué?
         —Para poder alcanzar todos los libros fácilmente. ¿No es una idea genial? —se felicitó Baltasar.
         Kumi se quedó pensando un instante y no se aguantó las ganas de criticar:
         —Pues yo habría hecho una casa normal, pero con los libreros bajitos. O habría comprado un banco con escalones. ¿Nunca los has visto?
         —Eso es lo que dirían las personas de Afuera. Pero la inteligencia de Afuera casi nunca ve todas las posibilidades. Por fortuna estamos en El Hogar.
         —¿Cuáles son “todas las posibilidades”? —ironizó Kumi.
         —Mira, nena: si yo hubiera hecho lo que tú dices, al principio todo habría estado muy bien. Pero tarde o temprano habría caído en la tentación o en la necesidad de amontonar libros en lo alto de los libreros. Habría empezado a ponerlos uno sobre otro y, al cabo de un tiempo, resultaría que necesito una escalera para alcanzar el más alto: exactamente lo que quería evitar. No soy tan joven como tú: no puedo andar trepando aquí y allá como una cabra, ¿ves?
         —Veo —aceptó la niña—. Pero, ¿por qué dice ahí que no se venden los libros?
         —Pues porque no están en venta. Son míos. Todos. Jamás los voy a vender.
         —Entonces, ¿para qué pusiste el negocio?
         —Porque siempre había deseado tener una librería. Era mi sueño, desde niño. ¿A ti no te gustaría tener una juguetería y no venderle a nadie los juguetes?
         —Mejor una tienda de ropa —respondió Kumi, con un dejo de tristeza en la voz. Sólo entonces el hombre reparó en el suéter y en el enorme gabán que llevaba la niña, arrastrándolo.
         —Bueno —prefirió cambiar de tema—, ¿me puedes decir qué hace una niña de tu edad fuera de casa a estas horas de la madrugada? Ya sé: te saliste a escondidas, tal vez saltando la ventana y dejando las almohadas acomodadas y tapadas en tu cama para que parezca que eres tú. Conozco a las niñas de tu tipo.
         —Pues te equivocas —refutó Kumi, triunfante—. Salí por la puerta, y mi cama ni siquiera está destendida.
         —Entonces decidiste escapar —Baltasar quería provocarla: le divertía ver cómo respondía ella—. Es una manera de castigar a tus padres porque no quisieron comprarte algo, ¿no? No me extrañaría que trajeras una muda de ropa en un pañuelo colgado de un palo: otro lugar común.
         —Te equivocas otra vez. Mi padre no está en casa, y mi madre se ha despachado hace dos horas medio frasco de pastillas para dormir. No despertaría con nada.
         —Bueno, ¿ya me vas a decir cómo te llamas?
         La niña dudó todavía un poco, pero finalmente se animó a confiar:
         —Me llamo Kumi.
         —¿Y a qué saliste, si se puede saber?
         —Quería descansar de mi casa.
         —¿No te sientes bien ahí?
         —Nop.
         —¿No te llevas bien con tus padres?
         —Nop. Mi mamá no hace más que gritar y llorar el poco tiempo que está despierta, y mi papá vive presionándome para que juegue con él o espiándome. Revisa mis cosas de la escuela, lee todo lo que escribo, escucha todo lo que hablo... hasta en mis sueños quisiera meterse.
         —¡Qué loco!
         —Conoce los nombres de todas mis compañeras y compañeros de la escuela y sabe cuándo es el cumpleaños de cada uno. Ahora pude escapar porque está trabajando —como si tratara de ahuyentar la visión de algo horrible, Kumi volvió la mirada hacia afuera del local, hacia el rectángulo de oscuridad que era la puerta.  Más allá, en la calle solitaria, el pavimento se veía plateado por la vaga luminosidad de la noche.
         —Eso ha de ser una prisión —reflexionó Baltasar, acariciando la cabeza de la serpiente de su bastón.

(Fragmento de la novela juvenil Fieras adentro, publicada por Editorial Progreso)

18 de octubre de 2016

La niña del cementerio



Imagen:  "A Magical Night in the Cemetery", by Estruda (Deviant Art)


Eran pasadas las once de la noche cuando por fin se hizo el silencio en casa de los gemelos. Sus padres se habían puesto a discutir por una tontería: porque el perro estaba acostumbrado a que lo sacaran a pasear después de cenar. Los cuatro miembros de la familia se turnaban para eso. Y ahora le tocaba hacerlo al papá, pero no quiso ir: dijo que estaba muy cansado y que el perro no se iba a morir si dejaba de salir una noche. Eso fue suficiente para desatar una pelea. Escenario: el comedor.
         —Ya no discutan, yo lo llevo —dijo Miguel, tratando de parar aquello. Pero su mamá no lo dejó. Nadie más que su padre iba a sacar al perro porque era obligación suya y de nadie más. Todos en esa casa tenían trabajo y terminaban cansados y sin embargo cumplían, ¿por qué él no iba a hacerlo?
         Miguel y Gabriel prefirieron irse a la cocina a lavar los platos que presenciar una vez más el drama cotidiano. Se desocuparon rápido y subieron cada uno a su habitación. Los ponía tan de mal humor oír pelear a sus padres que ni siquiera se pusieron a jugar juntos, como lo hacían a menudo en la noches. Desde la escalera, Gabriel oyó cómo su hermano se encerraba y encendía la computadora, y luego le llegaron, asordinados, los efectos de sonido de su juego favorito. “Va a estar con eso hasta medianoche, por lo menos”, pensó. Normalmente jugaban sólo un rato para poder levantarse frescos a la mañana siguiente, pero Miguel se refugiaba en los videojuegos siempre que había problemas en la casa y entonces ya no le importaba la hora; jugaba hasta que se calmaba, lo cual sólo ocurría después de dos o tres horas.
         Gabriel entró a su habitación y cerró la puerta con seguro. Lo ponía nervioso que su hermano estuviera jugando porque en cualquier momento podía ir a buscarlo, con el pretexto de enseñarle que había pasado al siguiente nivel o había encontrado un arma nueva o una puerta secreta. Pero ya le había prometido a Kumi que iría a verla. No podía faltar. De cualquier manera, pensó, Miguel ya sabía de esas citas y ya había intentado chantajearlo con que lo acusaría con sus padres. Pretendía que lo dejara acompañarlo. Pero Gabriel no quería ir con él: su hermano no se tomaba nada en serio, se burlaba de todo y además se creía el mayor sólo porque había nacido dos minutos antes.
         Se recostó en la cama sin deshacerla, boca arriba, con las manos unidas como almohada bajo la cabeza y los pies colgando, puso su teléfono en silencio, por cualquier cosa, y esperó. Oyó los aullidos del pobre perro, impaciente por salir a pasear. Ya sabía cómo iba a terminar todo: los aullidos eran la señal para dar por terminada la discusión. Su papá, finalmente, se pondría los zapatos y la chamarra y se llevaría al perro. Una hora más de espera.
         En efecto, ya eran más de las once cuando se apagaron las luces y la casa quedó en silencio salvo por los gritos de agonía, apenas audibles, del videojuego de Miguel.
         Gabriel bajó sin hacer ruido. Conocía perfectamente su casa y aun en la oscuridad pudo encontrar su camino sin mover nada, ni las macetas que había en cada uno de los escalones ni el sillón donde se echaba a dormir el gato. Pasó con sigilo frente a la recámara de sus padres y, una vez, en el pasillo de entrada, se puso los zapatos y tomó su chamarra y su gorro del perchero.
         En la calle hacía mucho frío y por lo mismo no se veía ni un alma. Sólo de vez en cuando pasaba algún coche o se oía, lejana, la voz de algún borrachín que volvía de la cantina.
         Apretó el paso, sabiendo que así se le quietaría el frío. El cementerio estaba lejos.
         En algún momento, el aspecto urbano de la ciudad comenzó a desvanecerse, dando lugar a un espacio rural de casas típicas y calles empedradas, de jardines, huertos y corrales. Al paso de Gabriel se levantó un rumor de animales de granja: algún caballo piafó inquieto, algún ave despertó sobresaltada, los perros empezaron a ladrar.
         Finalmente llegó. Ahí estaba la tapia alta y sólida, imponente, hecha de piedras lamosas y renegridas por los siglos. En un primer momento, saberse en un cementerio en medio de la noche le dio miedo. Un miedo supersticioso, irracional. Siluetas de criptas, cruces y obeliscos se recortaban, negras, contra la claridad nocturna. Un viento suave, casi imperceptible y no obstante tenaz, empujó una nube enorme que vino a eclipsar la luna. Todo quedó aún más oscuro. Apenas si era ya posible distinguir los cipreses que se mecían sutilmente.
         —Hola —lo saludó una voz desde lo alto.
         La ropa le quedaba enorme: el gabán, el suéter que llevaba debajo, el sombrero de ala ancha... los jeans eran de su talla, pero estaban viejos y parchados burdamente en las rodillas, como si ella misma hubiera hecho el trabajo. Los zapatos también estaban rotos, tan rotos que con el movimiento se abrían como bocas hambrientas, dejando ver los pies pequeñitos con calcetas de distinto color. Se encontraba sentada sobre la barda —esa enorme barda de tres metros de alto—, columpiando las piernas.
         —Kumi —así la saludó Gabriel: diciendo sólo su nombre. Pero lo pronunció poniendo en él todo el significado que podía, como acariciando los sonidos, como si pronunciara un encantamiento o una invocación. Ése era su secreto: el secreto de Gabriel se llamaba Kumi.
         La niña dejó de columpiar los pies y quedó inmóvil, inexpresiva. Parecía un fantasma con su suéter gris todo guango y encima su gabán de detective o de mafioso. De hecho, a cualquier persona normal le habría parecido sumamente extraña la escena. ¿Qué hacía una niña a esas horas de la madrugada, sola, sentada peligrosamente en lo alto de la barda de un cementerio? ¿Dónde estaban sus padres? Pero Gabriel, afortunadamente, no era una persona “normal” y a él no le pareció nada del otro mundo ver a Kumi ahí trepada. Así se habían encontrado todas las veces, desde que se hicieron amigos.
         —Qué bueno que hoy no hace tanto frío —dijo ella, casualmente.
         A él no se le ocurría más que mirarla, aunque no era posible distinguir sus rasgos porque estaba a contraluz de la luna, el sombrero le hacía sombra y la iluminación artificial era muy precaria en esa parte de la calle. La claridad de la noche, ambarina y húmeda, brillaba en las desgastadas salientes de la barda de piedra.


Fragmento de la novela Fieras adentro. Editorial Progreso, México, 2015.