9 de noviembre de 2016

EL ÁRBOL DEL CONOCIMIENTO





Una vez, paseando de madrugada, Kumi vio que de la puerta de una casa salía una luz débil, amarillenta. Le pareció que era una tienda, pero, ¿una tienda abierta a esas horas? Acercándose más pudo ver el letrero: “Librería de viejo El árbol del conocimiento”. Le pareció de lo más raro. La gente de ahí no era muy afecta a los libros. Todos tenían uno porque amaban la cultura, y cuando éste ya estaba muy viejo y no se veía bonito o había pasado de moda, lo cambiaban por otro, no importaba cuál porque de todas maneras nadie lo leía. Y había una biblioteca comunitaria, pero nadie la visitaba. Entonces, ¿quién iba a comprar libros viejos? Cada vez más curiosa, entró al local. La puerta estaba muy bajita y el interior igual. Eso le gustó: era un lugar hecho para alguien pequeño como ella. Las paredes se hallaban cubiertas de libreros, pero luego había un letrero donde decía que los libros no estaban en venta. Kumi se puso a leer los títulos. Se detuvo en uno que tenía un monstruo negro en la portada y se llamaba El Grimmur. Iba a empezar a hojearlo, pero de pronto la saludó una voz, asustándola.
         —Hola.
         Venía a su encuentro un hombre como de sesenta años, con barba larga y blanca y pelo largo y blanco peinado en cola de caballo. No era muy alto, pero tampoco era un enano como se habría esperado del habitante de ese lugar. Y estaba cojo de una pierna; caminaba apoyándose en un bastón negro con forma de serpiente.
         —Hola —repitió, viendo que la niña no contestaba.
         —¿Quién eres? —reaccionó ella por fin, desconfiada.
         —Me llamo Baltasar. ¿Y tú?
         Kumi no contestó. En lugar de hacerlo hizo otra pregunta:
         —¿Trabajas aquí?
         —Vivo aquí. Soy el dueño de este negocio.
         Como el hombre hablaba sin acercársele demasiado, Kumi empezó a relajarse.
         —¿Por qué están tan bajitas las paredes? —dio rienda suelta a su curiosidad— Si me subo a una silla, podría alcanzar el techo.
         —Yo las quise así.
         —¿Para qué?
         —Para poder alcanzar todos los libros fácilmente. ¿No es una idea genial? —se felicitó Baltasar.
         Kumi se quedó pensando un instante y no se aguantó las ganas de criticar:
         —Pues yo habría hecho una casa normal, pero con los libreros bajitos. O habría comprado un banco con escalones. ¿Nunca los has visto?
         —Eso es lo que dirían las personas de Afuera. Pero la inteligencia de Afuera casi nunca ve todas las posibilidades. Por fortuna estamos en El Hogar.
         —¿Cuáles son “todas las posibilidades”? —ironizó Kumi.
         —Mira, nena: si yo hubiera hecho lo que tú dices, al principio todo habría estado muy bien. Pero tarde o temprano habría caído en la tentación o en la necesidad de amontonar libros en lo alto de los libreros. Habría empezado a ponerlos uno sobre otro y, al cabo de un tiempo, resultaría que necesito una escalera para alcanzar el más alto: exactamente lo que quería evitar. No soy tan joven como tú: no puedo andar trepando aquí y allá como una cabra, ¿ves?
         —Veo —aceptó la niña—. Pero, ¿por qué dice ahí que no se venden los libros?
         —Pues porque no están en venta. Son míos. Todos. Jamás los voy a vender.
         —Entonces, ¿para qué pusiste el negocio?
         —Porque siempre había deseado tener una librería. Era mi sueño, desde niño. ¿A ti no te gustaría tener una juguetería y no venderle a nadie los juguetes?
         —Mejor una tienda de ropa —respondió Kumi, con un dejo de tristeza en la voz. Sólo entonces el hombre reparó en el suéter y en el enorme gabán que llevaba la niña, arrastrándolo.
         —Bueno —prefirió cambiar de tema—, ¿me puedes decir qué hace una niña de tu edad fuera de casa a estas horas de la madrugada? Ya sé: te saliste a escondidas, tal vez saltando la ventana y dejando las almohadas acomodadas y tapadas en tu cama para que parezca que eres tú. Conozco a las niñas de tu tipo.
         —Pues te equivocas —refutó Kumi, triunfante—. Salí por la puerta, y mi cama ni siquiera está destendida.
         —Entonces decidiste escapar —Baltasar quería provocarla: le divertía ver cómo respondía ella—. Es una manera de castigar a tus padres porque no quisieron comprarte algo, ¿no? No me extrañaría que trajeras una muda de ropa en un pañuelo colgado de un palo: otro lugar común.
         —Te equivocas otra vez. Mi padre no está en casa, y mi madre se ha despachado hace dos horas medio frasco de pastillas para dormir. No despertaría con nada.
         —Bueno, ¿ya me vas a decir cómo te llamas?
         La niña dudó todavía un poco, pero finalmente se animó a confiar:
         —Me llamo Kumi.
         —¿Y a qué saliste, si se puede saber?
         —Quería descansar de mi casa.
         —¿No te sientes bien ahí?
         —Nop.
         —¿No te llevas bien con tus padres?
         —Nop. Mi mamá no hace más que gritar y llorar el poco tiempo que está despierta, y mi papá vive presionándome para que juegue con él o espiándome. Revisa mis cosas de la escuela, lee todo lo que escribo, escucha todo lo que hablo... hasta en mis sueños quisiera meterse.
         —¡Qué loco!
         —Conoce los nombres de todas mis compañeras y compañeros de la escuela y sabe cuándo es el cumpleaños de cada uno. Ahora pude escapar porque está trabajando —como si tratara de ahuyentar la visión de algo horrible, Kumi volvió la mirada hacia afuera del local, hacia el rectángulo de oscuridad que era la puerta.  Más allá, en la calle solitaria, el pavimento se veía plateado por la vaga luminosidad de la noche.
         —Eso ha de ser una prisión —reflexionó Baltasar, acariciando la cabeza de la serpiente de su bastón.

(Fragmento de la novela juvenil Fieras adentro, publicada por Editorial Progreso)

18 de octubre de 2016

La niña del cementerio



Imagen:  "A Magical Night in the Cemetery", by Estruda (Deviant Art)


Eran pasadas las once de la noche cuando por fin se hizo el silencio en casa de los gemelos. Sus padres se habían puesto a discutir por una tontería: porque el perro estaba acostumbrado a que lo sacaran a pasear después de cenar. Los cuatro miembros de la familia se turnaban para eso. Y ahora le tocaba hacerlo al papá, pero no quiso ir: dijo que estaba muy cansado y que el perro no se iba a morir si dejaba de salir una noche. Eso fue suficiente para desatar una pelea. Escenario: el comedor.
         —Ya no discutan, yo lo llevo —dijo Miguel, tratando de parar aquello. Pero su mamá no lo dejó. Nadie más que su padre iba a sacar al perro porque era obligación suya y de nadie más. Todos en esa casa tenían trabajo y terminaban cansados y sin embargo cumplían, ¿por qué él no iba a hacerlo?
         Miguel y Gabriel prefirieron irse a la cocina a lavar los platos que presenciar una vez más el drama cotidiano. Se desocuparon rápido y subieron cada uno a su habitación. Los ponía tan de mal humor oír pelear a sus padres que ni siquiera se pusieron a jugar juntos, como lo hacían a menudo en la noches. Desde la escalera, Gabriel oyó cómo su hermano se encerraba y encendía la computadora, y luego le llegaron, asordinados, los efectos de sonido de su juego favorito. “Va a estar con eso hasta medianoche, por lo menos”, pensó. Normalmente jugaban sólo un rato para poder levantarse frescos a la mañana siguiente, pero Miguel se refugiaba en los videojuegos siempre que había problemas en la casa y entonces ya no le importaba la hora; jugaba hasta que se calmaba, lo cual sólo ocurría después de dos o tres horas.
         Gabriel entró a su habitación y cerró la puerta con seguro. Lo ponía nervioso que su hermano estuviera jugando porque en cualquier momento podía ir a buscarlo, con el pretexto de enseñarle que había pasado al siguiente nivel o había encontrado un arma nueva o una puerta secreta. Pero ya le había prometido a Kumi que iría a verla. No podía faltar. De cualquier manera, pensó, Miguel ya sabía de esas citas y ya había intentado chantajearlo con que lo acusaría con sus padres. Pretendía que lo dejara acompañarlo. Pero Gabriel no quería ir con él: su hermano no se tomaba nada en serio, se burlaba de todo y además se creía el mayor sólo porque había nacido dos minutos antes.
         Se recostó en la cama sin deshacerla, boca arriba, con las manos unidas como almohada bajo la cabeza y los pies colgando, puso su teléfono en silencio, por cualquier cosa, y esperó. Oyó los aullidos del pobre perro, impaciente por salir a pasear. Ya sabía cómo iba a terminar todo: los aullidos eran la señal para dar por terminada la discusión. Su papá, finalmente, se pondría los zapatos y la chamarra y se llevaría al perro. Una hora más de espera.
         En efecto, ya eran más de las once cuando se apagaron las luces y la casa quedó en silencio salvo por los gritos de agonía, apenas audibles, del videojuego de Miguel.
         Gabriel bajó sin hacer ruido. Conocía perfectamente su casa y aun en la oscuridad pudo encontrar su camino sin mover nada, ni las macetas que había en cada uno de los escalones ni el sillón donde se echaba a dormir el gato. Pasó con sigilo frente a la recámara de sus padres y, una vez, en el pasillo de entrada, se puso los zapatos y tomó su chamarra y su gorro del perchero.
         En la calle hacía mucho frío y por lo mismo no se veía ni un alma. Sólo de vez en cuando pasaba algún coche o se oía, lejana, la voz de algún borrachín que volvía de la cantina.
         Apretó el paso, sabiendo que así se le quietaría el frío. El cementerio estaba lejos.
         En algún momento, el aspecto urbano de la ciudad comenzó a desvanecerse, dando lugar a un espacio rural de casas típicas y calles empedradas, de jardines, huertos y corrales. Al paso de Gabriel se levantó un rumor de animales de granja: algún caballo piafó inquieto, algún ave despertó sobresaltada, los perros empezaron a ladrar.
         Finalmente llegó. Ahí estaba la tapia alta y sólida, imponente, hecha de piedras lamosas y renegridas por los siglos. En un primer momento, saberse en un cementerio en medio de la noche le dio miedo. Un miedo supersticioso, irracional. Siluetas de criptas, cruces y obeliscos se recortaban, negras, contra la claridad nocturna. Un viento suave, casi imperceptible y no obstante tenaz, empujó una nube enorme que vino a eclipsar la luna. Todo quedó aún más oscuro. Apenas si era ya posible distinguir los cipreses que se mecían sutilmente.
         —Hola —lo saludó una voz desde lo alto.
         La ropa le quedaba enorme: el gabán, el suéter que llevaba debajo, el sombrero de ala ancha... los jeans eran de su talla, pero estaban viejos y parchados burdamente en las rodillas, como si ella misma hubiera hecho el trabajo. Los zapatos también estaban rotos, tan rotos que con el movimiento se abrían como bocas hambrientas, dejando ver los pies pequeñitos con calcetas de distinto color. Se encontraba sentada sobre la barda —esa enorme barda de tres metros de alto—, columpiando las piernas.
         —Kumi —así la saludó Gabriel: diciendo sólo su nombre. Pero lo pronunció poniendo en él todo el significado que podía, como acariciando los sonidos, como si pronunciara un encantamiento o una invocación. Ése era su secreto: el secreto de Gabriel se llamaba Kumi.
         La niña dejó de columpiar los pies y quedó inmóvil, inexpresiva. Parecía un fantasma con su suéter gris todo guango y encima su gabán de detective o de mafioso. De hecho, a cualquier persona normal le habría parecido sumamente extraña la escena. ¿Qué hacía una niña a esas horas de la madrugada, sola, sentada peligrosamente en lo alto de la barda de un cementerio? ¿Dónde estaban sus padres? Pero Gabriel, afortunadamente, no era una persona “normal” y a él no le pareció nada del otro mundo ver a Kumi ahí trepada. Así se habían encontrado todas las veces, desde que se hicieron amigos.
         —Qué bueno que hoy no hace tanto frío —dijo ella, casualmente.
         A él no se le ocurría más que mirarla, aunque no era posible distinguir sus rasgos porque estaba a contraluz de la luna, el sombrero le hacía sombra y la iluminación artificial era muy precaria en esa parte de la calle. La claridad de la noche, ambarina y húmeda, brillaba en las desgastadas salientes de la barda de piedra.


Fragmento de la novela Fieras adentro. Editorial Progreso, México, 2015.

1 de agosto de 2016

LOS TRES GARCÍA




No sé en qué momento se me ocurrió llevar a Diego a la fiesta de cumpleaños de su primo. Pensé que mataría dos pájaros de un tiro: él se divertiría y yo quedaría bien con mi hermana y su familia.
          Como todos los sábados desde que me divorcié, me aparecí en casa de mi ex antes de las 10 de la mañana (me tiene amenazado con que si llego tarde ya no los encuentro; parece una regla justa, pero la verdad es que lo hace para seguirme controlando: porque así ya no puedo irme de juerga los viernes y, si duermo con alguien, tengo que despacharla tempranito). El hecho es que llegué a su casa fresco como una lechuga. Y Diego, que parece que está entrando a la edad de la punzada, salió a abrirme sin entusiasmo. En lugar de darme los buenos días, me barrió con su mirada de escuincle malcriado:
          —¿Por qué te vestiste así?
          No era nada especial: tan sólo unos jeans nuevos, una camisa recién planchada y un saco sport.
          —¿No puedo? —le pregunté tratando de sonreír. Ese niño y su madre tienen el poder de hacerme sentir inseguro.
          —No estarás pensando que te voy a acompañar otra vez a las carreras de caballos, ¿verdad?
          —No. Ya sé que no te gustan.
          —¿Entonces?
          —Si me dejas pasar y me invitas un café, te explico.
          Hasta ahí se oía la música a todo volumen: una música ruidosa, de esa que les gusta a los drogadictos. Diego se hizo a un lado: un chico raro, tal vez chaparro para su edad y más bien enclenque porque no le gusta hacer ejercicio. Está descalzo, pisando con los talones el deshilachado dobladillo de unos jeans demasiado largos. Camisa a cuadros sobre una playera roja. Pelo largo, como de niña.
          —Mi mamá no está.
          —¿Adónde fue? —pensé que me iba a contestar que a la tienda. Pero no.
          —Ya sabes: con Mariano.
          Tuve la tentación de preguntarle si su madre salió muy temprano o se fue con ese tipo desde la noche anterior, pero me contuve: ¿para qué empezar el día con un golpe al hígado? Me puse cómodo en el sofá mientras mi hijo iba a preparar el café y se servía un vaso de coca. Cuando llegó y le bajó el volumen a su música, le expliqué el plan:
          —Vamos a la fiesta de tu primo: es su cumpleaños.
          —¿Qué primo?
          —Mariano (con lo que me caga el nombrecito).
          —Marianito —aclaró Diego; le gusta llamar así a su primo para diferenciarlo del otro, aunque sabe que me molesta mucho: es una manera de reconocer que el otro existe.
          —Mariano —lo corregí.
          Tomó asiento, hundiéndose como un rey en el sillón de brazos, y me dirigió una mirada fría, de adolescente odioso.
          —No quiero ir.
          —¿Por qué?
          —Ya sabes que me aburren esas fiestas. Me aburre todo lo que hace tu familia.
          —Te aburren porque te crees muy intelectual, igual que tu madre.
          Diego hizo un pausa. Le dio un trago a su coca y se preparó para echarme un discurso:
          —Mira, viejo: tú bien sabes cómo va a estar eso. Van a decorar el jardín con globos y mamantinas de esas que le gustan a tu querida hermana, le van a contratar a Marianito  un mago o un payaso y los peques se van a desternillar de risa con cada idiotez que diga o haga. Yo no voy a saber qué es peor: si estar con esos sopes o buscar refugio en otro lado. Si me aíslo, mi tía va a ir a preguntarme por qué estoy tan pensativo, si es por la novia o qué onda. Y si me voy a buscar al tío Carlos, que dentro de todo es el menos tarado de toda la tribu, tu hermanita va a ir de todos modos a joder. Se va a poner a criticar cómo me visto y cómo hablo, me va a preguntar cómo voy en la escuela y si no preferiría mudarme a la de Marianito, que es “la mejor de la ciudad” y, por supuesto, no perderá la oportunidad de hacer comentarios de víbora sobre mi mamá.
          Terminó de hablar y se me quedó viendo como esperando una respuesta. Pero no supe qué decirle. ¿Qué tiene de malo que la gente se divierta? Uno no puede pasarse la vida hablando de libros, películas y música. Eso sí es aburrido. Yo tenía un amigo así a esa edad y las niñas huían de él.
          —Va a haber chicas bonitas. Puedes dedicarte a ligar y...
          —¿Platicando de marcas de ropa? No, gracias.
          Me quedé callado. Yo sí pensaba ligar en la fiesta, la verdad. Mi cuñado me prometió invitar a una compañera suya del trabajo que se llama Marcia y está buenísima. Además a mí sí me gusta estar con mi familia: mi mamá, mis hermanos...
          —¿No puedes hacer esto por tu padre? —le pregunté a Diego con mi voz más triste. No era por manipularlo. Es que de verdad me da tristeza tener un hijo así.
          —¿Por qué no mejor vas tú solo? Vamos a hablar con la neta: tú quieres que vaya porque te sientes comprometido a pasar el sábado conmigo. Es tu manera de sentirte buen padre y demostrarle a mi mamá y al mundo que lo eres. Pero no lo disfrutas mucho que digamos y yo tampoco.
          —No digas eso.
          —Somos diferentes, nos gustan cosas diferentes. Mira, si vas tú solo a esa fiesta, te la vas a pasar mejor que si vas conmigo. Y yo voy a estar contento de quedarme en la casa ahora que es toda para mí. No me aburro, no te preocupes por eso. Y hay comida, nada más es cosa de calentarla. Es más, si quieres, cuando venga mi mamá le digo que fuimos al parque y nos la pasamos muy bien.
          Me sentía a punto de llorar. De hecho, tuve que limpiarme una lágrima con el nudillo del pulgar. Diego se dio cuenta y como que le bajó un poco a su rencor. Cambió de actitud:
          —¿Seguro que quieres que vaya? ¿No te vas a avergonzar de mí ni vas a hacer que yo me sienta avergonzado?
          —Tú eres el que se avergüenza de mí, hijo. Yo siempre te he aceptado como eres.
          —Está bien. ¿Qué regalo le vamos a llevar a Marianito?
          —Pasamos a comprarlo en el camino —le contesté, súbitamente animado. Lo tenía todo: era un buen padre, cumplía con la promesa hecha a mi mujer y tenía la perspectiva de un ligue que inyectaría vida a mi vida.
          —Muy bien. Pues entonces espérame: voy a ponerme zapatos —me dijo, poniéndose de pie.
          —¿Nada más eso? ¿No te vas a cambiar de ropa?
          —Acabas de decirme que me aceptas como soy.
          —Está bien —cedí, como siempre.

Una hora después llegamos a la casa de mi hermana. Salió a abrirnos Mariano, muy en su papel de anfitrión. Mi hijo le entregó el regalo que le llevaba: un rompecabezas Ravensburger de 3000 piezas.
          Pasamos al jardín, donde estaban ya todos los invitados mirando una función de títeres. Antes de tomar asiento fui a saludar a mis parientes —mi hermana, mi hermano con sus respectivos cónyuges, mi mamá— y busqué con la mirada a Marcia. Nuestros ojos se encontraron de golpe, poderosamente: ella también me miraba; tal vez estaba esperándome. Pero me habría visto muy mal yendo a chulearla cuando todo el mundo estaba atento a los chistes de los monigotes. Me senté, pues, al lado de mi madre y traté de parecer interesado. Era una tarde soleada, verde y azul, inmensamente placentera. Respiré hondo y, sin darme cuenta, me fui metiendo en la historia que contaban los títeres y empecé a reírme de verdad. En algún momento me reí con tantas ganas que dos o tres gruñones se me quedaron viendo.
          —¿Ya encontraste quién te haga la limpieza? —me preguntó mi mamá en cuanto terminó la función.
          —¿Perdón? —no me dejaban oír los aplausos.
          —Que si ya encontraste muchacha.
          —Ya. Ya encontré una, mamá.
          —¿Limpia, honrada?
          —Es la que le ayuda a Liliana. Ella me la recomendó.
          —¿Y ya fuiste a ver al neurólogo para lo de tu insomnio?
          Seguí sufriendo el interrogatorio de mi progenitora, luego llegó mi hermana a apoyarla y total que no pude ir a ver a Marcia. De pronto ya no estaba donde la había visto. “Estará en el bar tomándose una copa con mi cuñado”, pensé. Y efectivamente, ahí estaba. Ahí estaban también mi hermano Carlos y mi hijo, que quién sabe en qué momento se separó de mí.
          —Hasta que te apareces —me reprochó mi cuñado, extendiéndome sin preguntarme una cuba—. Hay que aprovechar la compañía de Marcia, que nos quiere abandonar temprano.
          —¿Adónde vas? —le pregunté, temiendo que se tratara de una cita.
          —Al teatro. ¿Quieres ir? Tengo dos boletos.
          Wow. Eso sonaba a plan con maña. Me sentí halagado y afortunado.
          —Claro que sí. ¿Qué vamos a ir a ver? —tenía la esperanza de que se tratara de una comedia musical o algo así, ligero, que me ayudara a relajarme.
          La casa de Bernarda Alba. ¿La conoces?
          Me volví a mirar a Diego con cara de “échame la mano, güey”.
          —Este... pues no la visto en escena, pero es de —alcancé a ver que mi hijo, discretamente, movía los labios para formar la palabra “García”—... de García Márquez, ¿no?
          Marcia sonrió y empezó a examinarse las uñas, castigándome con un silencio muy incómodo. Diego movía los labios dibujando otras palabras, pero ya no quise mirarlo. Le di un trago grande a mi cuba.
          —No te gustan los libros, ¿verdad? —me reprochó, más que preguntar, la mujer que aún en ese momento me parecía la más hermosa sobre la tierra.
          —Cómo crees que no. Habías de ver mi departamento: tengo como veinte y justo  la semana pasada me compré las Cincuenta sombras de Grey. Me lo devoré, ¿eh? ¿Tú ya lo leíste?
          —Ahorita vengo —avisó Marcia por toda respuesta. Se tomó de un trago el resto del martini que tenía en la mano y se puso de pie.
          La vimos perderse hacia el jardín, caminando con todo el salero de las auténticas mamacitas, las piernas enfundadas en unos jeans negros. En cuanto desapareció, me volví hacia Diego:
          —¿Dije algo malo?
          —No —me respondió, y él también se fue.
          Mi cuñado me sirvió otra cuba. Me quedé ahí, con él y con mi hermano y otro invitado que llegó después. Perdí la noción del tiempo. Sólo me di cuenta de la hora cuando Marcia, efectivamente, volvió. A despedirse.
          —Ya nos vamos —anunció.
          —¿Quiénes se van? —le preguntó mi cuñado, entre curioso y divertido.
          —Diego y yo.
          —¿Diego? —pregunté, incrédulo y luego molesto: no me habían pedido permiso.
          —Sí —confirmó mi hijo, uniéndose al grupo de bebedores—. Ya le avisé a mi mamá al celular. Me dijo que estaba bien. A ti no te molesta, ¿verdad?
          —Yo lo llevo a su casa después de la función —lo apoyó Marcia.
          Ya que desaparecieron, dejándome frustrado y encabronado, le pregunté a mi hermano Carlos, ya nada más por sacarme le espina.
          —Oye, ¿quién escribió la obra esa que van a ver? Algún García, ¿no?
          —Juan García Ponce —me contestó él y empezó a carcajearse.