28 de marzo de 2011

La Guerra de los Gatos

Este es el primer capítulo de mi libro para niños "La Guerra de los Gatos", que se desarrolla durante la guerra civil mexicana de 1910. Está publicado por la Editorial Progreso, con ilustraciones de Guillermo Graco Castillo.


Hace muchos años, la capital de México era conocida en el mundo como La Ciudad de los Palacios. Se extendía, limpia, entre campos de flores y cerros aún salvajes poblados de fieras. Por todas partes la cruzaban canales y corrientes de agua, los cuales contribuían a mantener el verdor de las alamedas y los jardines. Pero lo más espectacular de ella —y lo que le había valido el mote que ostentaba con tanto orgullo— era su manera de aparecérsele por sorpresa al caminante, en una vuelta del camino, detrás de una peña, a través de algún bosquecillo. No importaba cómo llegara: a pie, a caballo, en coche... Uno venía cuidándose de los bandidos que a veces acechaban a los viajeros y, de repente, ahí estaba ella. La capital de México nos salía al paso bajo un cielo de seda azul, recortada contra dos volcanes cubiertos de nieve color de rosa. Todo el valle se dominaba de un golpe de vista: un cuenco de verdor desde cuyo fondo se levantaban las mil agujas de la Ciudad de los Palacios. Reverberaban al sol, como aéreos palomares de cristal, las torres de las iglesias, los balcones de los palacios virreinales, con sus fachadas barrocas y sus amplias azoteas ajedrezadas; las cúpulas de los conventos, como huevos de oro que derramaran al aire, junto con el olor de su propia sustancia, todos los aromas de la gastronomía monjil: el pan recién horneado y el claro rompope, la canela y el corazón mestizo del chocolate. Entre todos estos edificios, el más alto, el que más destacaba, era el castillo de Chapultepec, cuyas terrazas brillaban desde lejos entre las grises murallas y por encima de la envolvente vegetación.
            A medida que descendía de su puesto de observación y se internaba en los barrios periféricos, el caminante iba percibiendo nuevos detalles, matices inesperadas. Llamaba su atención el incesante rumor de la metrópolis, que superaba en volumen y variedad al de cualquier ciudad de las provincias. Había pregoneros y tlacuaches que recorrían las calles ofreciendo hierbas curativas y enamoradoras, instrumentos de herrería, ropa usada, petates y sombreros, pieles de tigrillos y de zorros... algunos traían animales domésticos, especialmente cerdos, cabras y guajolotes, que no dejaban de contribuir al ruido de la ciudad. Aparte estaban los numerosos vehículos, la gente que todavía andaba a caballo, los militares que sólo al moverse provocaban el alarde metálico de sus armas. Las campanas de las iglesias y las cornetas de los cuarteles sonaban también de continuo, angustiando a algún perro viejo o bajado del cerro, que no lograba hacerse a la vida moderna y respondía con más ruido.
            Sin embargo, el rasgo más peculiar de la Ciudad de los Palacios —y el que más tardaba en descubrir el visitante inadvertido— era que estaba llena de gatos. En todos los rincones de todos los barrios, desde las lomas de Tacubaya hasta los canales de la Merced, desde los bosques de Churubusco hasta la garita de Peralvillo, más numerosos que los caballos o las palomas eran los gatos. Había gatos de todas las edades, sexos y condiciones sociales; gatos negros, blancos, amarillos, pardos, moriscos, atigrados, blancos con negro y negros con blanco, falderos y parias, ladrones y burladores de perros, gatos aventureros con la cara trazada de cicatrices, gatos buenos  que hacían llevadera la soledad de las viudas, gatos tamemes, pepenadores, bodegueros, gatos indios de bigotes alicaídos, gordos gatos de barbacoyero, veladores honrados que engordaban sólo con ratones, rudos gatos de cuartel, gatos adormilados de pulquería, mininos trovadores que por las noches maullaban a la luna...
            El visitante primerizo quizás no advertía esta peculiaridad de la ciudad, pues normalmente llegaba de día, cuando los mininos se encontraban tomando su cuarta o quinta siesta, pero apenas cantaba el gallo el despertar de la noche, se relevaba la guardia en el Palacio Nacional y los serenos asomaban con su linterna al fondo de las calles, la Ciudad de los Palacios se convertía en la Ciudad de los Gatos.
            En este tiempo y en este sitio comienza nuestra historia.

16 de marzo de 2011

Alas de gigante y Fieras adentro, la historia de la historia

Empecé a escribir Alas de gigante en los últimos días de febrero de 2008. Había sido un invierno especialmente crudo y largo y, aunque ya no había nieve, aún se sentía frío. Yo estaba resfriado, con fiebre, tos y dolor de garganta, y ese día —el 22 de febrero para ser exactos— lo menos que deseaba eran visitas. Me había pasado el día encerrado en casa, en pijama, bata y pantuflas, tomando tés medicinales y refunfuñando. No quería ver a nadie, aparte de Corleone, mi gato; incluso había descolgado el teléfono de la línea fija y puesto el celular en modo silencioso.
            Así, pues, a las ocho de la noche me encontraba cómodamente sentado en mi sillón reclinable, con una manta en las piernas y, sobre el regazo, una de esas mesitas que se usan para tomar el desayuno en la cama. En ella tenía mi computadora portátil, y estaba tratando de escribir un cuento mientras miraba arder el fuego en la chimenea y escuchaba el concierto para piano número 3, de Rachmaninoff.
            De pronto sonó el timbre. Las palabras que dije para mí no las repetiré en este escrito por ser altisonantes, pero imagine el lector cualquier cosa mala, y eso fue. Traté de no hacer ningún ruido: que pensaran que había salido dejando la música, la lámpara y la chimenea encendidas, y se fueran. Pero quien estaba tocando no se fue. Esperó unos minutos y, viendo que nadie abría, volvió a tocar. Lo ignoré: ya se cansaría. En eso me vino un acceso de tos, y pensé: quien quiera esté allá afuera, seguro me ha oído y ahora no se va a marchar. Enfermo como estaba, puse la laptop a un lado, quité la mesita, me desembaracé de la manta y me levanté a la ventana de la cocina para ver por ahí, sin ser visto, quién estaba tocando a una hora tan inconveniente. Sin embargo, no pude ver bien. Entre esa ventana y la puerta principal se hallaba un arbusto que mi tía Martirio, la solterona,  vino a dejar aquí la primavera pasada, según ella como regalo; había crecido mucho, de manera bastante anárquica, y las ramas no me dejaron ver más que un fragmento de algo semejante a un suéter rojo oscuro. Volvieron a llamar y yo volví a toser, y finalmente decidí ir a abrir y terminar de una vez con eso. Iba a ver ese visitante inoportuno por qué se me conocía como el cascarrabias del vecindario.
            —Buenas noches, maestro —me dijo una voz cuando abrí la puerta.
            —Buenas noches —repitió otra voz, semejante a la primera.
            Así que no era un visitante, sino dos: dos niñas como de doce o trece años, lindas tal vez, pero eso no les daba derecho a venir a molestar a un hombre enfermo que además estaba tratando de trabajar.
            —Estoy enfermo —esa fue mi manera de contestar al saludo. Ya iba a cerrarles la puerta en las narices, pero en eso me vino otro acceso de tos.
            —Necesitamos hablar con usted —me dijo una de ellas con tono de que algo grave estaba pasando—. Déjenos entrar, por favor.
            —Adentro le explicamos —dijo la otra.
            Me les quedé viendo de arriba abajo. La primera era un poco más alta y delgada que la segunda; el cabello le llegaba a los hombros, negro y con un mechón azul, contrastando dramáticamente con la blancura de la piel. Vestía un suéter color vino de cuello alto, shorts grises, mallas rojas y zapatones de obrero. La otra niña tenía el pelo más largo, castaño claro, y lo llevaba recogido con dos broches. Vestía una chamarra azul cielo, vaqueros y zapatos deportivos blancos. Parecía más tímida que la primera, pero también más dispuesta a sonreír.
            —Me llamo María Inés —se presentó en cuanto las dejé entrar.
            —Lluvia —se presentó la otra.
            Por supuesto, no les ofrecí nada: bastante había hecho con recibirlas en mi casa estando tan enfermo. Tampoco les ofrecí asiento: que dijeran lo que iban a decir y se fueran pronto. Pero Corleone vino a curiosearlas.
            —Ustedes dirán —tosí—. Sólo les advierto que no compro galletas: estoy a dieta.
            —No venimos a vender nada.
            —Queremos que nos dé trabajo de personajes en una de sus novelas.
            —Sólo que sea de monstruos. Escribo cuentos de terror —y me reí de mi chiste.
            —No es verdad —me refutó Lluvia, por lo visto la más insolente—. Hemos leído todos sus libros.
            —Pues entonces se habrán dado cuenta de que aquí no hay trabajo para ustedes. ¿Por qué no van a ver a Norma Muñoz-Ledo, a Roxanna Erdman, a Eve Gil? Siempre están contratando niñas. Les puedo dar su número telefónico.
            —Ellas ya tienen sus personajes —me explico María Inés, acariciando al gato—. No les hacemos falta; a usted sí.
            —¿No le da miedo aburrir a los lectores con sus historias de gatos guerrilleros? —completó Lluvia, provocándome un nuevo acceso de tos.
            Eso ya era el colmo de la falta de respeto, si no a mis méritos literarios, por lo menos a mi investidura académica.
            —No me voy a poner a discutir esas cosas con ustedes.
            —Pero sus gatos...
            —Mis gatos son gatos que hablan. Eso los hace especiales. Además, por si no han  leído bien mis libros, son gatos con espíritu de aventura: van a la guerra, se enamoran...
            —Nosotras también nos enamoramos —protestó María Inés.
            —Y también tenemos espíritu de aventura, aunque no haya guerras en nuestra ciudad.
            —Además somos buenas para resolver enigmas.
            Enamoramientos juveniles, aventura, enigmas... me quedé pensando. No parecía tan mala la idea, después de todo. Pero no quería dejarme convencer fácilmente.
            —¿Y de quién se van a enamorar en mi novela, en caso de que las aceptara?
            —Bueno —empezó a explicar Lluvia—, la verdad es que no somos sólo nosotras dos. Venimos en representación del club.
            —Somos siete héroes —María Inés completó la explicación—: nosotras dos, Marcelo, Angelita, Iago y los gemelos.
            —En realidad somos ocho —corrigió Lluvia—, contando a Aristóteles.
            —Y se llaman “héroes” a sí mismos, modestia aparte.
            —Es sólo un tecnicismo narratológico —replicó Lluvia, con tono de investigadora de Filológicas. Hizo que me volviera la tos.
            —¿Y por qué no vinieron los otros seis? No es que los esté echando de menos, ¿verdad? Simple curiosidad.
            —Pues por diferentes motivos, maestro —respondió María Inés—: los gemelos, porque, como todo el mundo sabe que tiene usted muy mal genio, no se atrevieron; Angelita, porque no le dieron permiso de salir a estas horas.
            —Iago —continuó Lluvia— porque dijo que él también escribe y puede ser su propio personaje si así le place. Él siempre dice esas cosas por orgullo, pero la verdad es que tiene miedo de que le toque ser personaje secundario: eso no lo soportaría. No se lo vaya a hacer usted, por favor. Dele un buen papel. Verá que no le falla.
            —Marcelo también merece un estelar —protestó María Inés—. Es muy valiente y tiene un gran corazón. De verdad que...
            —¿Y él por qué no vino? ¿También por orgullo?
            —No vino por solidarizarse con Iago. Es su mejor amigo.
            —Y Aristóteles —terminó Lluvia— no vino porque siempre está enfermo el pobre.
            —Bueno —les dije mirándolas otra vez de arriba abajo, con mi ojo clínico para los personajes—, ¿no se han cansado de estar ahí paradas? ¿Por qué no se sientan?
            —Porque usted no tuvo la cortesía de ofrecernos asiento —me reprochó Lluvia, lanzándome una mirada desafiante.
            —Perdón —le contesté—. ¿Puedo ofrecerles un té además del asiento?
            —¿No tiene jugo de arándano, maestro?
            —Voy a ver —dije, sabiendo perfectamente que sí tenía.
            Fui a la cocina por el jugo y los vasos. Cuando regresé a la sala, vi a las dos niñas sentadas en la alfombra, frente a la chimenea, con Corleone en medio lamiendose la cola.
            —¿No quiere que vayamos por más leña, maestro? Ya no le va a durar mucho este fuego.
            —Bueno, la verdad es que les quedaría muy agradecido. Con este resfriado, no me atrevo a salir ni siquiera al jardín.
            —Nosotras podemos ir. No hay ningún problema.
            —Se van a ensuciar.
            —No si tenemos cuidado.
            —Está bien —cedí, cada vez más contento con esas niñas tan comedidas y bien educadas—. La leña está en la covacha del patio trasero. Si se van por la cocina, no tienen que dar toda la vuelta.
            Mientras ellas iban por la leña, me quedé pensando. Un montón de posibilidades daban vueltas en mi mente: historias, situaciones, personajes. De pronto me di cuenta de que ya no estaba tosiendo: el entusiasmo me había curado.
            Media hora después, estábamos los diez sentados en la alfombra: los ocho niños (incluyendo a la que no tenía permiso y al que estaba enfermo), Corleone y yo. Lluvia y María Inés habían llamado por teléfono a sus amigos, que no estarían lejos porque llegaron en unos minutos. Como ya era tarde, no pudieron quedarse mucho tiempo en mi casa, pero alcanzamos a delinear lo que sería la historia principal. Y prometieron volver al día siguiente para seguir con la lluvia de ideas.
            Y así fue como nació Alas de gigante: gracias a la visita de dos niñas, una noche cuando yo estaba tratando de escribir algo completamente distinto.

Bolita, por favor

Gloria era la niña gorda del barrio. Tenía 14 años y no era alta, pero pesaba más que su papá, que sí era alto. No era una gorda bonita como otras que hay por el mundo; la hacía fea el sentir que por ser gorda era fea. Y había creado un círculo vicioso porque, entre más se sentía así, menos la miraban los muchachos y entonces más se sentía así. Los niños vagos del barrio habían descubierto esto y disfrutaban mortificándola.
            —¡Bolita, por favor! —le gritaban cuando iba pasando.
            Y las niñas bonitas la miraban de arriba abajo sintiéndose superiores, o bien le daban palmaditas compasivas en el hombro diciéndole que la belleza se lleva por dentro o cosas así de sobadas, que a Gloria no la hacían sentir mejor.
            Una noche, cuando ya estaba dormida, la despertó un ruidito en su ventana. Como si alguien rasguñara. Respirando trabajosamente —su gordura le impedía respirar de otra manera— se levantó a ver. ¡Y cuál no sería su sorpresa! Del otro lado del vidrio, recargada contra los barrotes, se encontraba una rosa roja en botón, tan bella que sus pétalos parecían vivos, y en ellos brillaban gotas de humedad como diminutas estrellas. El tallo descansaba en un sobre de papel azul.
            Gloria abrió la ventana y rápidamente —es decir, tan rápido como se lo permitía su gordura—, tomó la rosa y el sobre. Dentro de éste encontró una carta que decía:

Todos los días te miro pasar, pero no me atrevo a hablarte. Esta rosa podrá decirte mejor que yo lo que siento por ti.

A Gloria se le fue el sueño de la emoción. En su insomnio, se revolvía en la cama —bañada en sudor como suelen estar los gordos dentro de sus pijamas— haciéndose mil fantasías sobre el autor de la carta. Porque con todo y lo bella que era la rosa, la carta le había gustado más. Se quedó dormida soñando, soñando, soñando.
            A pesar de la desvelada, en la mañana despertó fresca como una col. Y durante el día aguantó las bromas de los niños y la simpatía falsa de sus amigas con la actitud del mendigo que se sabe dueño de un tesoro. Pero no quiso contarle a nadie lo que le había pasado por miedo a que todo resultara ser un sueño.
            Esa noche se quedó dormida sin dificultad, roncando plácidamente como suelen roncar los gordos. Y otra vez la despertaron en la madrugada rasguñando en su ventana y otra vez encontró una rosa, aunque sin sobre. Parecía ser que el enamorado secreto ya había dicho lo que tenía que decir y, ciertamente, dejaba a las rosas la tarea de expresar sus sentimientos.
            Gloria volvió a perder el sueño durante horas. Horas que se pasó contemplando las dos rosas que iluminaban la oscuridad de su habitación como dos lámparas de mágica luz.
            Para la quinta noche ya estaba tan emocionada que no pudo guardarse más el secreto. Les contó a sus amigas. Ellas la escucharon pensando que se había inventado toda esa historia y sonriendo venenosamente, y cuando terminó de hablar, la más astuta le dijo:
            —Yo quiero ver tus rosas. ¿Por qué no las traes a la escuela?
            —¿Cómo crees? —le respondió Gloria— Se maltratarían. Además a la primera ya se le están cayendo los pétalos.
            —Entonces invítame a tu casa a verlas —le respondió su amiga, que en realidad quería forzar a Gloria a reconocer que había inventado esa historia. Gloria se dio cuenta de que esa era su intención y le respondió con un tono de dignidad herida.
            —Vamos hoy mismo, si quieres.

Ver las rosas no dejó satisfechas a las niñas.
            —De seguro las compró ella misma —dijeron a sus espaldas, y siguieron sin creerle.
            Como si el enamorado secreto supiera lo que estaba pasando, cambió de estrategia. Una noche, en lugar de una rosa, le dejó a Gloria el más bello poema de amor que se pudiera imaginar.
            —Lo ha de haber copiado de algún libro —dijeron sus amigas.
            Pero poco a poco fueron quedándose sin argumentos, conforme aparecían en la ventana cosas más y más valiosas: un libro muy bonito lleno de grabados, una medalla antigua, una perla, un vestido de princesa turca, una caja de maderas preciosas, una urna de alabastro... ninguna persona del barrio podría comprar esas cosas aunque tuviera el dinero. Como quiera que fuese, poco a poco el desprecio dio lugar a la envidia. ¿Cómo era posible que alguien que podía hacer esos regalos se hubiese fijado en esa gorda acomplejada? Con toda la intención de amargarle a Gloria su felicidad, esas niñas empezaron a sembrarle dudas:
            —¿No se te hace raro que siga ocultándose?
            —Ha de estar horrible.
            —Ha de ser jorobado.
            —Albino.
            —Enano.
            —Para mí que no es un muchacho sino un viejo cochino. Si no, ¿cómo es que tiene tanto dinero?
            Gloria no podía contestar nada porque, cada vez que intentaba sorprender a su enamorado, se quedaba dormida. Así que su única reacción era ponerse a bufar como un toro bravo, con la correspondiente mirada, mientras su cara se ponía roja, roja, y el sudor hacía que sus cabellos se le pegaran a las sienes.
            El siguiente fin de semana decidió pasarse el día durmiendo para no tener sueño en la noche y, después de cenar, se tomó tres tazas de café y subió a su cuarto con una potente lámpara de pilas.
            Y en efecto, no durmió. Sudando y respirando con dificultad dentro de su enorme pijama, se quedó atenta a cualquier ruido. Sus ojillos, dos redondos botones hundidos en su cara de algodón de azúcar, se mantuvieron brillando inmóviles en la oscuridad de la recámara, mientras sus manos invertebradas y húmedas se estrujaban una a la otra con los nervios de la espera.
            Finalmente, después de la medianoche, la luz de la luna proyectó una sombra sobre el alféizar de la ventana. Gloria se puso de pie con una agilidad sorprendente para su peso y, antes siquiera de que el visitante pudiera depositar el regalo que llevaba, encendió la lámpara y le echó la luz a la cara. ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaah! Se quedó paralizada, pasmada, anonadada y patidifusa.
            En lugar del príncipe azul que esperaba, Gloria se encontró con un niño... que tenía las... sienes... escurriendo de sudor... ¡Gordo! Su indignación no tuvo límites: ¿cómo se atrevía un gordo a enamorarse de ella? Abrió la ventana y, bañándolo de insultos, le aventó todas sus rosas —ya secas— y sus estúpidos regalos.
            Y al día siguiente, cuando volvió a ver a sus amigas, les dijo llorando que todo lo del enamorado secreto había sido una mentira suya, que la inventó sólo para tener algo que contar, y que los supuestos regalos los había tomado prestados de un tío suyo. Soportó con estoicismo las sonrisas de satisfacción y las palmadas compasivas, soportó que los muchachos groseros le gritaran “¡Bolita, por favor!”, pensando que cualquier cosa era menos horrible que la cruda verdad.

La ordeña

Mamá estaba ordeñando en el establo cuando Perico llegó del Colegio de Bachilleres. No era común verlo a esas horas, ya que salía de clases a las ocho de la noche y apenas eran las seis de la tarde. Pero mamá no le preguntó nada; si salió temprano sería porque no tuvo clases.
            Cuando Perico llegaba a la hora normal, la encontraba sentada en la cocina zurciendo calcetines o medias de futbol de él con un huevo de madera. El muchacho se acomodaba en una silla en el rincón más cercano al calor de la estufa. Mamá le preguntaba por los estudios y se levantaba a servirle café, y él se ponía a hablar de sus maestros, de sus amigos ricos y de las muchachas de moda, del carro que iba a comprar ahora que fuera licenciado, de los lugares adonde la iba a llevar a pasear, de la casa que le iba a construir... Mamá lo escuchaba ávida de sus palabras, rebosante de orgullo, dando gracias a Dios que le había dado un hijo tan tesonero.
            —Vas a llegar muy alto Perico —le decía.
            Lo acompañaba a estudiar hasta tarde, cabeceando, nomás por el gusto de estar con él y para que a él no le diera sueño. Así lo había acompañado desde que murió papá. Sacaba sus cigarros Casinos y encendía uno en la flama de la estufa.
            —Vacía esta cubeta en el bote grande —le dijo sin mirarlo, resignada a tener que hacerlo por sí misma. A Perico no le gustaba ensuciarse en el establo ni ayudar en nada. Mamá lo dejaba flojear porque al cabo no iba a dedicarse a eso. Sin embargo esta vez Perico le dijo que sí; puso sus libros en un banquito de ordeña y recibió la cubeta llena de leche. Luego, mientras ella volvía a llenarla, quitó sus libros del banquito y se sentó en él.
            —Mamá —le dijo.
            Ella no le contestó, pero el muchacho se dio cuenta de que le había oído.
            —Mamá, ¿no le gustaría enseñarme a ordeñar?
            Ella no le contestó. Siguió haciendo su trabajo. Perico se sintió incómodo y volteó para otro lado. Pasando las bardas el monte comenzaba a ensombrecerse.
            —Mamá, quiero hablar con usted en serio. ¿No le gustaría que yo le ayudara con las vacas? Es mucho trabajo pa usté sola.
            Ella le pasó otra vez la cubeta llena de leche y, cuando el muchacho se la devolvió, le dijo:
            —Órale pues, ayúdame. Llévate esta vaca al corral y tráeme la otra. Me la amarras aquí mismo.
            Perico hubiera querido no empezar tan pronto, pero obedeció. Mamá pensó que ya era mucho comedimiento, viniendo de él.
            —¿Quieres que te dé dinero?
            —No, mamá, si fuera eso se lo hubiera pedido luego.
            —Entonces, ¿qué mosca te picó?
            —Quiero ayudarle, ma.
            —Ya me ayudarás cuando termines tu carrera. Te voy a dar un cinturón que era de tu papá pa que me lo rellenes de oro.
            —Uuh, ma, con una carrera no se hace uno rico.
            A mamá empezó a cambiarle la cara. Perico tenía las rodillas cubiertas de moscas verdes, y los zapatos, esmeradamente boleados por la mañana, se los había ensuciado de estiércol.
            —¿De veras es para usté tan importante que yo estudie?
            Perico no pudo aguantarse más las ganas de fumar y sacó un cigarro. Iba a encenderlo cuando mamá se lo botó de un manazo.
            —Delante de mí no fumas.
            —Mamá, ni me está haciendo caso. Le pregunté que si es tan importante para usté que yo estudie una carrera.
            —Para eso trabajo como mula en lugar de que trabajes tú.
            —Por eso ya le dije que le quiero ayudar.
            —¿Dejando la escuela?
            —Yo no he dicho que la voy a dejar.
            —Ah, bueno —mamá volvió a su tarea, que había interrumpido para prestarle atención a su hijo.
            —Ya vete p’allá adentro que no me dejas acabar, ándale.
            —Pérese ma, yo tampoco todavía no acabo.
            El sol ya casi pegaba, a lo lejos, con unos cerros sarnosos que decían en enormes letras de cal Ixmiquilpan con el PRI.
            —¿A usté le cái bien Araceli?
            —Es buena muchacha, nomás que no me gusta su familia: son borrachos y peleoneros todos.
            —Pero ella, ¿le gusta a usté para mí?
            —Pues si tú la quieres... —le dio la cubeta llena de leche— Al fin nomás es tu novia. No te has de casar con ella.
            —¿Y si sí? —Perico se tapó la boca.
            —Si sí, tendrás que esperarte hasta que acabes tu carrera. Antes no. Porque yo no voy a mantener a tu mujer aparte de mantenerte a ti. Aunque quisiera. No recojo el dinero con la pala.
            Perico se quedó callado, sin saber cómo seguir, rascándose el mezquino que le había salido en un dedo por señalar el arcoiris.
            —Deja de estar pensando cosas. Ora que te recibas te van a sobrar chamacas. Las mujeres nomás ven el anillo del profesionista y luego luego se les van los ojos.
            Perico hubiera querido terminar de decirle todo, mas el tiempo no le alcanzó. Una camioneta que traía ya las luces encendidas entró al rancho y se detuvo frente a ellos. Perico tragó saliva cuando vio bajar al padre y al hermano mayor de Araceli, los dos con sombrero, con patillas y bigotes.
            El padre se adelantó hacia mamá, descubriéndose, y el hermano bajó a la fuerza a Araceli.

El Coco

Prieto, cacarizo, con bigotes de sobaco de indio: así nos imaginábamos al Coco cuando éramos niños, allá en la vecindad de la calle República de Nicaragua. De todos, yo era el más nervioso, el más asustadizo. Mi madre regañaba a los otros chamacos: “No me anden espantando a m’ijo”, les decía. “El Coco no existe”. Pero yo les creía más a ellos. Siempre les creí más a ellos y por eso me fue mal.
            El Coco se aparecía atraído por el aborregado olor de la infancia y era perverso, despiadado. Cazaba niños y se los llevaba a su mujer, la Cocatriz, para que ella los guisara en salsa de chile verde. Por eso tenía manos grandes y duras. Vestía overol de mezclilla y un gorro de estambre negro y caminaba con tenis para no hacer ruido. A la espalda cargaba su costal y dentro de él el cuchillo cebollero con que cortaba en pedazos a sus víctimas de modo que le cupieran sin notarse. A veces, para despistar o matar el hambre mientras agarraba algo, traía las bolsas del pantalón llenas de cacahuates.
            Gracias a su ubicuidad, el Coco acechaba en todos los rincones oscuros: en la vivienda que se derrumbaba lentamente a la entrada del edificio y que ya no se podía rentar, en las azoteas, en los roperos. De noche, sus dominios se extendían a la vieja escalera de piedra y al patio del fondo, donde se tendía la ropa. Por supuesto, en cualquiera de estos sitios podía ser conjurado, ya fuera apretando los ojos o, en los casos más graves, haciendo con los dedos la señal de la cruz. Pero donde sí era señor absoluto era en la calle. Las calles le pertenecían por completo. En ocasiones, si no andaba muy ocupado comiendo niños, atendía un puesto de tiliches en Correo Mayor. Era desobligado, como mi padre, y le gustaba empinar el codo. Ya borracho, le pegaba a la pobre de la Cocatriz. Esto me lo contó mi hermana, que nunca le tuvo miedo. Cuando crecimos fue la primera en dejar de creer en el Coco.

14 de marzo de 2011

Alas de gigante

Se trata de mi primera novela para adolescentes. Cito la cuarta de forros:

Un secuestro. Un antiguo enigma. Un club cuyos integrantes están dispuestos a entregarse a la tristeza y la melancolía, tal como lo hiciera la hermandad de Job hace cientos de años, en el monasterio cuyas ruinas todavía guardan secretos. Una cofradía de niños tristes.

Decididos a resolver el misterio y rescatar a la víctima antes de que sea demasiado tarde, los siete adolescentes tendrán que poner a prueba su inteligencia, su lealtad y su fortaleza para resolver incógnitas a partir de una sola pista: la página de un diario.

Un thriller en el que la aventura se va entretejiendo con las historias de los protagonistas, para crear vínculos de amor y rivalidad, ambición y engaño.

Los iluminados

(Publicado por primera vez en diciembre de 2009)

El mes pasado salió a la venta mi nuevo libro, Los iluminados, publicado por la editorial Progreso en su colección Rehilete. Se trata de una novelita para niños que se desarrolla en los años 20, en algún lugar del occidente de México, en el contexto de la revuelta cristera. Es la continuación de La guerra de los gatos, impresa en 2004 por la misma casa editorial. Como aquélla, es una obra que busca estimular en los niños el interés por la historia y la literatura y, por supuesto, entretenerlos. Aunque no he visto el libro físicamente, recibí una versión electrónica y sé que es una edición bonita y bien cuidada (asumo totalmente la responsabilidad por los errores que se fueron) y que, como en el caso de La guerra de los gatos, debe mucho del atractivo que pueda tener a las espléndidas ilustraciones de Guillermo Graco Castillo. Reconozco y agradezco profundamente su talento, así como el profesionalismo y el entusiasmo de mis editores, Eva Gardenal y Ariel Hernández, y ofrezco aquí un fragmento como botón de muestra:

Una calma extraña se respiraba en el pueblo. No era la calma de los días felices, como la que se sentía al día siguiente de la fiesta del santo patrón, cuando todo el mundo estaba desvelado y cansado por la procesión y luego los cohetes y la verbena. Esta calma era distinta: era como la que sobrevenía tras la muerte de una persona importante o cuando había granizado mucho y se habían perdido las cosechas. En la plaza municipal no se veía ni un alma. Lo único que parecía tener movimiento era una hoja seca que el viento llevaba de aquí para allá. Los portales se veían desiertos. La esbelta torre de la iglesia se recortaba contra un cielo blanco que presagiaba frío. Todo estaba en silencio. Ni siquiera los perros ladraban.
            A un costado de la plaza se hallaba el negocio del señor Stefan Preiss, pastelero austriaco que habría podido hacer una fortuna en Colima o en Guadalajara, pero que, por un incomprensible capricho suyo había preferido venir a enterrarse a este pueblo olvidado del occidente de México donde sólo cuatro personas —el doctor, el boticario, el sacerdote y la esposa del alcalde— eran capaces de valorar sus creaciones. Por eso hacía sus pasteles muy de vez en cuando y sólo por encargo, y en cambio se dedicaba a hornear pan, un pan sabroso y llenador que los paisanos le compraban satisfechos de pagar el precio.
             La casa era grande, con todo y que los señores Preiss vivían solos; es decir, sin compañía humana. No habían podido tener hijos, y tal vez por eso la señora Preiss había canalizado sus instintos maternales hacia sus mascotas: un gato, un sabueso viejo y una cotorra huasteca de lengua negra. Al perro lo llamaban Coronel porque lo habían heredado todavía pequeño de un soldado que murió en la Revolución y porque, según Stefan era valiente y disciplinado como un coronel de húsares a quien conociera hacía muchos años en el palacio de Schönbrunn; la guacamaya se llamaba Marlene, y al gato, como era negro, le habían puesto el nombre del pastel Sacher hecho con chocolate oscuro de la mejor calidad, aristocrática tradición vienesa y orgullo de la casa Preiss.
            Pues esa mañana de domingo estaba Sacher echado en el alféizar de la ventana, mirando hacia la desierta plaza municipal. De todos los habitantes de la casa, él fue el primero que se dio cuenta de que algo raro ocurría en el pueblo. Aunque al parecer los humanos ya lo esperaban. Seguramente habían estado hablando a espaldas de él y poseían información privilegiada. Esto era algo que un gato que se dice gato no podía tolerar. El mal humor de Sacher iba en aumento a medida que la mañana avanzaba hacia el mediodía y el pueblo seguía igual de muerto. Para colmo, Marlene no lo dejaba tomar su siesta en paz. Insistía en repetir a gritos las tonterías que le enseñaban sus dueños.
            Aquí entre nos, Sacher miraba de arriba abajo a cualquier animal que no perteneciese a la familia de los felinos. Marlene le parecía irremediablemente estúpida, incapaz de pensar por sí misma, feliz en su jaula de oro como esas niñas mimadas que mientras tengan todos los lujos en casa no desean mirar nada del mundo. Así era ella: carente de curiosidad científica, de espíritu de aventura, de audacia. El Coronel sí tenía espíritu de aventura, pero era moralista, se tomaba todo demasiado en serio y eso exasperaba a Sacher. Si sus amos le encomendaban alguna tarea sencilla, al alcance de su limitado talento, era el perro más feliz del mundo. Y si luego de cumplirla bien recibía una caricia como recompensa, actuaba como si el emperador de Austria-Hungría le hubiese puesto en el pecho una condecoración. Qué cosa más patética, pensaba Sacher.
            Con los que sí tenía buena relación era con los gatos de los vecinos, la gata gordita del cura y los gatos vagos que se reunían en las noches para tomar el fresco en la plaza y se contaban todos los chismes de sus respectivas casas: que si la niña mayor de los Sandoval recibió a escondidas una carta de su novio, que si la señora del alcalde llamó a su esposo “bruto” e “ignorante” en medio de una discusión, que si el doctor Solís se tomaba cada noche un jarro de tequila, que si doña Anita la que prestaba a rédito tenía una olla llena de dinero y la muy agarrada quería que sus gatos vivieran de puros ratones... en fin, que se pasaban en la chorcha hasta la madrugada, como cualquier persona que haya observado la vida de los gatos habrá de imaginarse. Pero Sacher no había escuchado ahora nada que pudiese relacionar con esa extraña quietud del pueblo.
            Echado en el alféizar de la ventana, pretendía dormir mientras a su espalda el señor Preiss leía un periódico en el sofá y su esposa, sentada junto a él, hacía una labor de bordado. Cualquiera habría dicho que el gato, efectivamente, dormía, pero la verdad es que por lo menos dos de sus sentidos se hallaban bien despiertos: sus ojos en la plaza y sus oídos en la sala, en espera de cualquier comentario que le ayudase a develar el misterio.
            Finalmente, como a eso de las 11 de la mañana, se rompió la inmovilidad de tarjeta postal del paisaje pueblerino. La señora del alcalde venía cruzando la plaza. A Sacher no le caía bien porque tenía la costumbre de querer acariciarlo cada vez que venía de visita. Por eso la otra vez que lo agarró de malas pulgas él no pudo ocultar su disgusto y le lanzó un rasguño. Pero esa mañana de domingo le dio gusto verla. Esperó un poco y, cuando vio que la señora ciertamente venía hacia la casa, se levanto de la ventana, fue a ronronearle a Eva Preiss y se echó en su regazo en espera de oír el llamador de la puerta.