16 de marzo de 2011

Alas de gigante y Fieras adentro, la historia de la historia

Empecé a escribir Alas de gigante en los últimos días de febrero de 2008. Había sido un invierno especialmente crudo y largo y, aunque ya no había nieve, aún se sentía frío. Yo estaba resfriado, con fiebre, tos y dolor de garganta, y ese día —el 22 de febrero para ser exactos— lo menos que deseaba eran visitas. Me había pasado el día encerrado en casa, en pijama, bata y pantuflas, tomando tés medicinales y refunfuñando. No quería ver a nadie, aparte de Corleone, mi gato; incluso había descolgado el teléfono de la línea fija y puesto el celular en modo silencioso.
            Así, pues, a las ocho de la noche me encontraba cómodamente sentado en mi sillón reclinable, con una manta en las piernas y, sobre el regazo, una de esas mesitas que se usan para tomar el desayuno en la cama. En ella tenía mi computadora portátil, y estaba tratando de escribir un cuento mientras miraba arder el fuego en la chimenea y escuchaba el concierto para piano número 3, de Rachmaninoff.
            De pronto sonó el timbre. Las palabras que dije para mí no las repetiré en este escrito por ser altisonantes, pero imagine el lector cualquier cosa mala, y eso fue. Traté de no hacer ningún ruido: que pensaran que había salido dejando la música, la lámpara y la chimenea encendidas, y se fueran. Pero quien estaba tocando no se fue. Esperó unos minutos y, viendo que nadie abría, volvió a tocar. Lo ignoré: ya se cansaría. En eso me vino un acceso de tos, y pensé: quien quiera esté allá afuera, seguro me ha oído y ahora no se va a marchar. Enfermo como estaba, puse la laptop a un lado, quité la mesita, me desembaracé de la manta y me levanté a la ventana de la cocina para ver por ahí, sin ser visto, quién estaba tocando a una hora tan inconveniente. Sin embargo, no pude ver bien. Entre esa ventana y la puerta principal se hallaba un arbusto que mi tía Martirio, la solterona,  vino a dejar aquí la primavera pasada, según ella como regalo; había crecido mucho, de manera bastante anárquica, y las ramas no me dejaron ver más que un fragmento de algo semejante a un suéter rojo oscuro. Volvieron a llamar y yo volví a toser, y finalmente decidí ir a abrir y terminar de una vez con eso. Iba a ver ese visitante inoportuno por qué se me conocía como el cascarrabias del vecindario.
            —Buenas noches, maestro —me dijo una voz cuando abrí la puerta.
            —Buenas noches —repitió otra voz, semejante a la primera.
            Así que no era un visitante, sino dos: dos niñas como de doce o trece años, lindas tal vez, pero eso no les daba derecho a venir a molestar a un hombre enfermo que además estaba tratando de trabajar.
            —Estoy enfermo —esa fue mi manera de contestar al saludo. Ya iba a cerrarles la puerta en las narices, pero en eso me vino otro acceso de tos.
            —Necesitamos hablar con usted —me dijo una de ellas con tono de que algo grave estaba pasando—. Déjenos entrar, por favor.
            —Adentro le explicamos —dijo la otra.
            Me les quedé viendo de arriba abajo. La primera era un poco más alta y delgada que la segunda; el cabello le llegaba a los hombros, negro y con un mechón azul, contrastando dramáticamente con la blancura de la piel. Vestía un suéter color vino de cuello alto, shorts grises, mallas rojas y zapatones de obrero. La otra niña tenía el pelo más largo, castaño claro, y lo llevaba recogido con dos broches. Vestía una chamarra azul cielo, vaqueros y zapatos deportivos blancos. Parecía más tímida que la primera, pero también más dispuesta a sonreír.
            —Me llamo María Inés —se presentó en cuanto las dejé entrar.
            —Lluvia —se presentó la otra.
            Por supuesto, no les ofrecí nada: bastante había hecho con recibirlas en mi casa estando tan enfermo. Tampoco les ofrecí asiento: que dijeran lo que iban a decir y se fueran pronto. Pero Corleone vino a curiosearlas.
            —Ustedes dirán —tosí—. Sólo les advierto que no compro galletas: estoy a dieta.
            —No venimos a vender nada.
            —Queremos que nos dé trabajo de personajes en una de sus novelas.
            —Sólo que sea de monstruos. Escribo cuentos de terror —y me reí de mi chiste.
            —No es verdad —me refutó Lluvia, por lo visto la más insolente—. Hemos leído todos sus libros.
            —Pues entonces se habrán dado cuenta de que aquí no hay trabajo para ustedes. ¿Por qué no van a ver a Norma Muñoz-Ledo, a Roxanna Erdman, a Eve Gil? Siempre están contratando niñas. Les puedo dar su número telefónico.
            —Ellas ya tienen sus personajes —me explico María Inés, acariciando al gato—. No les hacemos falta; a usted sí.
            —¿No le da miedo aburrir a los lectores con sus historias de gatos guerrilleros? —completó Lluvia, provocándome un nuevo acceso de tos.
            Eso ya era el colmo de la falta de respeto, si no a mis méritos literarios, por lo menos a mi investidura académica.
            —No me voy a poner a discutir esas cosas con ustedes.
            —Pero sus gatos...
            —Mis gatos son gatos que hablan. Eso los hace especiales. Además, por si no han  leído bien mis libros, son gatos con espíritu de aventura: van a la guerra, se enamoran...
            —Nosotras también nos enamoramos —protestó María Inés.
            —Y también tenemos espíritu de aventura, aunque no haya guerras en nuestra ciudad.
            —Además somos buenas para resolver enigmas.
            Enamoramientos juveniles, aventura, enigmas... me quedé pensando. No parecía tan mala la idea, después de todo. Pero no quería dejarme convencer fácilmente.
            —¿Y de quién se van a enamorar en mi novela, en caso de que las aceptara?
            —Bueno —empezó a explicar Lluvia—, la verdad es que no somos sólo nosotras dos. Venimos en representación del club.
            —Somos siete héroes —María Inés completó la explicación—: nosotras dos, Marcelo, Angelita, Iago y los gemelos.
            —En realidad somos ocho —corrigió Lluvia—, contando a Aristóteles.
            —Y se llaman “héroes” a sí mismos, modestia aparte.
            —Es sólo un tecnicismo narratológico —replicó Lluvia, con tono de investigadora de Filológicas. Hizo que me volviera la tos.
            —¿Y por qué no vinieron los otros seis? No es que los esté echando de menos, ¿verdad? Simple curiosidad.
            —Pues por diferentes motivos, maestro —respondió María Inés—: los gemelos, porque, como todo el mundo sabe que tiene usted muy mal genio, no se atrevieron; Angelita, porque no le dieron permiso de salir a estas horas.
            —Iago —continuó Lluvia— porque dijo que él también escribe y puede ser su propio personaje si así le place. Él siempre dice esas cosas por orgullo, pero la verdad es que tiene miedo de que le toque ser personaje secundario: eso no lo soportaría. No se lo vaya a hacer usted, por favor. Dele un buen papel. Verá que no le falla.
            —Marcelo también merece un estelar —protestó María Inés—. Es muy valiente y tiene un gran corazón. De verdad que...
            —¿Y él por qué no vino? ¿También por orgullo?
            —No vino por solidarizarse con Iago. Es su mejor amigo.
            —Y Aristóteles —terminó Lluvia— no vino porque siempre está enfermo el pobre.
            —Bueno —les dije mirándolas otra vez de arriba abajo, con mi ojo clínico para los personajes—, ¿no se han cansado de estar ahí paradas? ¿Por qué no se sientan?
            —Porque usted no tuvo la cortesía de ofrecernos asiento —me reprochó Lluvia, lanzándome una mirada desafiante.
            —Perdón —le contesté—. ¿Puedo ofrecerles un té además del asiento?
            —¿No tiene jugo de arándano, maestro?
            —Voy a ver —dije, sabiendo perfectamente que sí tenía.
            Fui a la cocina por el jugo y los vasos. Cuando regresé a la sala, vi a las dos niñas sentadas en la alfombra, frente a la chimenea, con Corleone en medio lamiendose la cola.
            —¿No quiere que vayamos por más leña, maestro? Ya no le va a durar mucho este fuego.
            —Bueno, la verdad es que les quedaría muy agradecido. Con este resfriado, no me atrevo a salir ni siquiera al jardín.
            —Nosotras podemos ir. No hay ningún problema.
            —Se van a ensuciar.
            —No si tenemos cuidado.
            —Está bien —cedí, cada vez más contento con esas niñas tan comedidas y bien educadas—. La leña está en la covacha del patio trasero. Si se van por la cocina, no tienen que dar toda la vuelta.
            Mientras ellas iban por la leña, me quedé pensando. Un montón de posibilidades daban vueltas en mi mente: historias, situaciones, personajes. De pronto me di cuenta de que ya no estaba tosiendo: el entusiasmo me había curado.
            Media hora después, estábamos los diez sentados en la alfombra: los ocho niños (incluyendo a la que no tenía permiso y al que estaba enfermo), Corleone y yo. Lluvia y María Inés habían llamado por teléfono a sus amigos, que no estarían lejos porque llegaron en unos minutos. Como ya era tarde, no pudieron quedarse mucho tiempo en mi casa, pero alcanzamos a delinear lo que sería la historia principal. Y prometieron volver al día siguiente para seguir con la lluvia de ideas.
            Y así fue como nació Alas de gigante: gracias a la visita de dos niñas, una noche cuando yo estaba tratando de escribir algo completamente distinto.

4 comentarios:

  1. Agustín, puedo presumir que yo ya leí el libro y me encantó. Y a mi hija Ireri -que no lo ha terminado por el trabajo de la escuela- también. Es más, ya espero la segunda parte. Y felicitaciones por esta página, que ya conecté con la que yo tengo para niños.
    Saludos.

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  2. Gracias, José Manuel. Enlazo tu blog yo también.

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  3. Gracias, Makiavelo.
    Saludos también para ti.

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