16 de marzo de 2011

El Coco

Prieto, cacarizo, con bigotes de sobaco de indio: así nos imaginábamos al Coco cuando éramos niños, allá en la vecindad de la calle República de Nicaragua. De todos, yo era el más nervioso, el más asustadizo. Mi madre regañaba a los otros chamacos: “No me anden espantando a m’ijo”, les decía. “El Coco no existe”. Pero yo les creía más a ellos. Siempre les creí más a ellos y por eso me fue mal.
            El Coco se aparecía atraído por el aborregado olor de la infancia y era perverso, despiadado. Cazaba niños y se los llevaba a su mujer, la Cocatriz, para que ella los guisara en salsa de chile verde. Por eso tenía manos grandes y duras. Vestía overol de mezclilla y un gorro de estambre negro y caminaba con tenis para no hacer ruido. A la espalda cargaba su costal y dentro de él el cuchillo cebollero con que cortaba en pedazos a sus víctimas de modo que le cupieran sin notarse. A veces, para despistar o matar el hambre mientras agarraba algo, traía las bolsas del pantalón llenas de cacahuates.
            Gracias a su ubicuidad, el Coco acechaba en todos los rincones oscuros: en la vivienda que se derrumbaba lentamente a la entrada del edificio y que ya no se podía rentar, en las azoteas, en los roperos. De noche, sus dominios se extendían a la vieja escalera de piedra y al patio del fondo, donde se tendía la ropa. Por supuesto, en cualquiera de estos sitios podía ser conjurado, ya fuera apretando los ojos o, en los casos más graves, haciendo con los dedos la señal de la cruz. Pero donde sí era señor absoluto era en la calle. Las calles le pertenecían por completo. En ocasiones, si no andaba muy ocupado comiendo niños, atendía un puesto de tiliches en Correo Mayor. Era desobligado, como mi padre, y le gustaba empinar el codo. Ya borracho, le pegaba a la pobre de la Cocatriz. Esto me lo contó mi hermana, que nunca le tuvo miedo. Cuando crecimos fue la primera en dejar de creer en el Coco.

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