21 de abril de 2011

Por qué leo

Tengo casi 50 años. Como casi todas las personas, he viajado, he soñado, he amado, he conquistado, he sufrido. Pero habría que decir que mucho de esto ha sido sentado en mi sillón con un libro en la mano.
            Ciertamente, mis viajes más maravillosos los hice de la mano de un escritor. Charles Dickens me llevó a las laberínticas calles de Londres, y Victor Hugo a las de París; cuando me cansé de la vida de las ciudades, me fui a la selva con Rudyard Kipling, y cuando quise conocer el mar, me subí a los barcos de Herman Melville y Jack London. Cansado de la realidad real, volví a mi sillón y me refugié en la realidad soñada de los cuantos de hadas y Las mil y una noches. Luego descubrí el placer de las pesadillas y me fui a pasear por los cementerios con Edgar Allan Poe. Me sentí héroe con los poemas de Homero y de Virgilio. Sufrí con Franz Kafka y con Dostoievsky, y todavía recuerdo que lloré con Romeo y Julieta, con María, con La dama de las camelias, con El Señor de los Anillos. Al lado de Ivanhoe, me enamoré de Lady Rowena y de Rebecca, y muchas veces, en el mundo real, he buscado sin encontrarla una mujer que se parezca a Antígona, a Medea, a Catherine Earnshaw, a Marguerite Gautier, a Anna Karenina, a Alejandra Vidal Olmos, a Susana San Juan... en fin, que si el tiempo imaginario de las lecturas se añadiera a la edad de una persona, yo ya sería más viejo que Matusalén; y si no fuera por los libros que he leído, sería más pobre que Job.
            Veo a las personas que no leen: están tan limitadas en su vida, incluso en las cosas buenas. No ven más allá de su entorno inmediato, no son capaces de cambiar nada porque no sabrían qué hay que cambiar ni cómo hacerlo, no comprenden a las demás personas, ni siquiera a sus seres queridos porque no tienen el hábito de reflexionar sobre los anhelos, los motivos, las pasiones de los seres humanos. Y cualquier cosa que viven tiene muchísimo menos sentido que para alguien que lee. ¿Qué vería en los campos de La Mancha un hombre que no sabe quién es don Quijote? Caminos polvorientos nada más.
            Aún así, llega a suceder que cuando estas personas, estos indigentes, ven que uno de sus hijos, o su esposo o su esposa, está leyendo un libro, le buscan un quehacer: “¿Por qué no limpias tu cuarto en lugar de estar leyendo?” “Ponte a arreglar el jardín ahora que no estás haciendo nada”. De modo que, para ellos, leer es no hacer nada. Claro, hay cosas más urgentes que leer, pero no hay cosas más importantes que leer. Y tampoco es necesario descuidar nada. Teniendo en cuenta que la velocidad promedio de lectura es de 20 páginas por hora, una persona que lee una hora cada día, en un año habrá leído 7300 páginas. Son casi 30 libros, considerando que la extensión promedio de un libro es de 250 páginas.
            También hay que ver que la lectura no sólo beneficia al que lee: en la Inglaterra victoriana, gracias a las novelas de Charles Dickens se crearon leyes para proteger los derechos de los obreros, y gracias a éstas, no fue necesaria una revolución proletaria en el país que más la habría necesitado. En la Hungría derrotada de después de la Primera Guerra Mundial, los escritores, en especial los poetas, mantuvieron vivo el sentido de identidad de todos aquellos que, de la noche a la mañana, se encontraron con que la tierra de sus abuelos pertenecía ya a otro país. Y en todos los pueblos, en todas las épocas de crisis, los escritores se han encargado de mantener vivas la esperanza y la conciencia de quienes somos.
            Es fácil imaginar el robot perfecto: una creatura artificial diseñada para un tipo de trabajo especializado, capaz, incluso, de resolver problemas y tomar decisiones. De vez en cuando es necesario reafirmar los modelos mentales que condicionan su eficiencia en el sistema; entonces se le sienta ante un televisor o se le lleva de paseo por un centro comercial. No piensa, no sueña, no cuestiona, sólo trabaja, produce y consume. Para que se sienta humano, se le proporcionan ciertos esquemas de relación con nombres atractivos —amor, pareja, romance, familia— que él, por supuesto, asimilará tratando de adaptarse a ellos lo mejor posible, sin sospechar que son los modelos los que deben adaptarse a las personas y no al revés. Pero, ¿qué pasaría si ese robot leyera, por ejemplo, Frankenstein, de Mary Shelley? ¿Y si hiciera no una lectura mecánica, como está acostumbrado cuando llega a leer algo, sino una lectura sensible, receptiva, crítica, como la que hace toda persona acostumbrada a los libros?¿Se imaginan la revolución que tendría lugar en su mente? Algún día, cuando la tecnología —y no me refiero a la robótica sino a la ideológica— haya hecho realidad los sueños de la ciencia ficción y la tierra esté poblada por robots, sólo la lectura activa, gozosa, hará la diferencia entre éstos y los seres humanos.
            Entonces se entenderá que hoy, a mis casi cincuenta años, pueda decir: gracias a mis padres y a mis maestros de la escuela, que me hicieron un ser humano. Ahora, con permiso, voy a leer un rato.