7 de junio de 2011

El Tribilín

(Foto: La Jornada)

En algunas ocasiones me han preguntado si soy de los ilusos que creen que la lectura puede transformar la vida de las personas. Y digo que sí: sí lo creo. Es más: estoy absolutamente convencido de ello. Voy a contar una historia que ilustra esto:

A mediados de los años ochenta había en México un programa de talleres de lectura. Con la dirección del poeta Sergio Mondragón, lo coordinaban dos personas a quienes llegué a estimar mucho: Beatriz Guillén y Luciano Pérez. Yo llegué ahí gracias a la recomendación de otro poeta y entrañable amigo: Ricardo Plaisant. Contrataban estudiantes de literatura para que fueran a distintos espacios a hacer lo posible para que la gente leyera. No pagaban mucho, pero estaba bien para quienes no habíamos terminado aún la universidad. Además tenía uno la oportunidad de conocer gente interesante porque el programa llegaba a todas las dependencias de gobierno. A mí, por ejemplo, me tocó dar talleres en el Palacio Nacional, en la Secretaría de Educación Pública, en una primaria de la colonia Roma, en la Casa Cuna de Coyoacán y en el Consejo Tutelar para Menores Infractores, el famoso y temido “Tribilín” como le decían los muchachos que estaban ahí guardados. Ahí fue donde ocurrió lo que quiero contar.

La colonia Narvarte me era en esa época desconocida. Así que no me fue fácil dar con el edificio. Recuerdo que me bajé en la estación del metro Etiopía y de ahí me fui preguntando por la tienda del ISSSTE, como me habían advertido. Esperaba encontrarme una cárcel tipo Lecumberri, con muros muy altos y torres de vigilancia, pero el lugar adonde llegué era un edificio moderno, con grandes ventanas sin rejas y al parecer lleno de luz. Me llamó la atención un letrero que había sobre el mostrador de la recepción: “Requisitos para ingresar a esta institución”. Me pareció una broma: ¿quién querría entrar ahí por su gusto? Sin embargo pedían acta de nacimiento, fotografías y no sé qué otra cosa. Después supe que esto era porque hay madres que meten ahí a sus hijos para asegurar que coman tres veces al día.

Una empleada me preguntó a qué iba, me pidió mi identificación y me hizo pasar a una sala de espera. Ahí había una fila donde unas veinte personas, principalmente mujeres, esperaban entrar a la sala de revisión para luego poder visitar a sus hijos o hermanos. Afortunadamente, yo no tuve que pasar por eso. Me abrieron una reja que daba a otra; y como sucede con las puertas de algunos bancos, la segunda no se abría hasta que la primera se había cerrado.

El custodio con quien debía presentarme estaba en la cancha de básquetbol. Hablé con él: le dije que iba a dar el taller de lectura. Llamó con su silbato a los muchachos, todos como de trece o catorce años. Algunos acudieron. Preguntó quiénes querían entrar al taller de lectura y, como vio que nadie alzaba la mano, dijo que quienes entraran estarían libres de trabajar ese día en la cocina. Dos muchachos se apuntaron, aunque sin entusiasmo. El custodio nos llevó a una especie de salón de clases sin ventanas y con una puerta que sólo se cerraba y se abría desde fuera. Antes de dejarme encerrado con mis alumnos me prestó un silbato como el suyo. Me dijo: “Si hay algún problema, nomás me silba”. Yo pensé: si hay algún problema con éstos, no voy a tener oportunidad de usar esta tontería.

Ya me habían advertido que los talleres de lectura no funcionaban ahí porque a los muchachos no les interesaban y eran muy agresivos con el maestro. Pero yo los entendía. El anterior los ponía a leer El poema del Cid, el Popol Vuh y otras cosas así. La verdad: ¿cómo quería que se interesaran en esos libros, que hasta a los adolescentes de familias educadas se les hacen aburridos? La justificación era que sólo esa clase de obras tenían en su biblioteca. Pero la verdad es que no les interesaba adquirir más, y aparte tenían un sistema de censura muy estúpido; por ejemplo, habían prohibido Los pechos privilegiados porque el título les sonó a pornografía. Afortunadamente, yo llevaba en mi portafolios dos textos para empezar a explorar el terreno: La balada de la cárcel de Reading, de Oscar Wilde, y “El quebranto”, de José Revueltas.

En cuanto el custodio cerró la puerta, el salón quedó en penumbra y con un fuerte olor a desperdicios de comida. Los dos muchachos se acostaron en sendas bancas en posición fetal, dispuestos a no hacer nada. Ni siquiera me miraban. Empecé a leerles La balada, fingiendo que yo tampoco los miraba. Pero cuando llegué a la parte en que Wilde describe cómo se veía el cielo desde su celda, pude observar que uno de ellos había cambiado de actitud: se volvió hacia la pared dándome la espalda. Ocultando la cara. Terminé de leer ese texto y seguí con el de Revueltas. Cuando terminé, los dos muchachos se quedaron quietos en su lugar. No decían nada. No se movían ni querían mostrar sus ojos, húmedos. Finalmente, la voz de esos hombres que habían sufrido antes lo mismo que ellos los había conmovido.

Como me di cuenta de que había quemadas de cigarro en el escritorio, me sentí libre para sacar de mi portafolios una cajetilla de Delicados y encender uno. El olor los hizo volver en sí. En el Tribilín había un mercado negro de cigarrillos: los vendían diez veces más caros de lo que costaban sueltos en la calle. Les ofrecí a los dos muchachos y, por primera vez, sonrieron. Uno de ellos hasta me dio las gracias. Después empezamos a hablar sobre los textos que les había leído. Las dos horas del taller se fueron rápidamente, sin tensiones ni bloqueos. Al terminar les pregunté su nombre: uno (el que me dio las gracias por el cigarrillo) se llamaba Hugo; el otro, Oscar. Como Oscar Wilde.

A la semana siguiente llegué diez minutos antes, para ver si tenía oportunidad de curiosear un poco: ver los dormitorios, las celdas de castigo (una curiosidad morbosa, he de confesar). De los alumnos no tenía esperanzas: pensaba que iba a ser un grupo irregular, con muchachos que se aparecerían una vez y luego ya no volverían. Pero no. Hugo y Oscar se presentaron puntualmente, llevando a otro que se llamaba Horacio. Y ese fue ya mi grupo, sin cambios.

Durante los tres meses que siguieron leímos mucha literatura carcelaria, desde el “Romance del prisionero” y El conde de Montecristo hasta Archipiélago Gulag, pero a ninguna obra le dedicamos tanto tiempo ni tanta reflexión como a Los muros de agua. Al mismo tiempo, los tres muchachos y yo nos fuimos conociendo en otros aspectos. Me contaron sus historias. Recuerdo sobre todo la de Hugo. Pertenecía a una pandilla. Un día tuvieron una batalla contra los del otro barrio, con cadenas, boxers, varillas y navajas. Hugo le dio un navajazo en la pierna a otro muchacho, atinándole por desgracia en la femoral. El muchacho se desangró y Hugo fue consignado por homicidio. Éste era el lado público de la historia.

El otro lado era que Hugo se había metido a la pandilla porque no creyó tener otra opción de vida. Nunca se había peleado con armas y no pensó que el muchacho aquel moriría. Antes de que todo esto pasara, le gustaba copiar letras de canciones en una libreta. De vez en cuando también poemas. De hecho un día, mientras fumábamos encerrados en el salón, me confesó que había llegado a desear ser poeta. “Pero le metí mucho al chemo”, me dijo, “y ya no me sirve la cabeza”. Efectivamente, tenía problemas de retención y de aprendizaje, pero al parecer su capacidad creativa no se había visto afectada.

Alentado por el ejemplo de Revueltas, Hugo volvió a escribir, cada vez con más confianza en que podía hacerlo. Y por supuesto, siguió leyendo.

La última vez que nos vimos antes de que lo soltaran, me regaló una moneda de diez pesos. En sus ratos libres se había dedicado a borrar con una lima el diseño del calendario azteca, y en lugar de éste había grabado mi nombre. “Puedes usarla de llavero”, me dijo. “O de medalla si quieres”. Yo le di mi número telefónico.

Tardó casi dos años en llamarme. Cuando lo hizo fue para pedirme que le recomendara un taller de poesía. Lo mandé con la maestra Enriqueta Ochoa, que por entonces daba un taller en su casa de la colonia Del Valle. Nunca supe si fue o no. Pero antes de colgar me dijo:

—He seguido leyendo a Revueltas. Ya leí todos sus libros. Ahora estoy con Jaime Sabines. Gracias.

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