11 de julio de 2011

Un juego infantil: el taller de objetos textuales

El taller de objetos textuales nació hace cinco años, aunque en realidad no fue más que la evolución de un taller tradicional de narrativa. El objetivo —uno de los objetivos— era liberar a los alumnos de la tensión que genera presentar un texto escrito. Otra meta era que la literatura se emancipara de los libros, algo especialmente necesario en un país cada vez menos incluyente, como México, donde las grandes editoriales miden el talento por la cantidad de libros que vende, y donde la mayoría de las instituciones culturales se encuentran controladas por los distintos cárteles de las letras.
       El objeto textual, entonces, es más un suceso que un producto; como tal, se relaciona menos con los géneros literarios tradicionales que con manifestaciones expresivas contemporáneas como la intervención y el performance. Es un concepto incluyente que podría abarcar o no al relato o al poema, pero también considera adivinanzas, aforismos, albures, anagramas, anuncios clasificados, antipublicidad, cadáveres exquisitos, calaveras, caligrafía, listas de compras, recados, memorandos, facturas, recibos, actas, contratos, testamentos, cartas, diarios, notas, bitácoras, meditaciones, epitafios, entradas de diccionario o enciclopedia, escritura artesanal, automática, comestible, efímera, epidérmica, especular, falsa, invisible, magnética, mágica, mímica, portátil, postal, fragmentos coloquiales, grafitis, greguerías, instructivos, letrinalia, mensajes instantáneos, palimpsestos, palíndromas, recetas de cocina, recetas médicas, slogans, etcétera.
       En términos funcionales, el escritor es una quimera, una estafa, un artefacto discursivo que inevitablemente acaba por descontruirse a sí mismo. Por ello, el objeto textual sólo puede ser un suceso, jamás un producto. Es proto, sub y meta literario, nunca “literario”.
    Un taller de objetos textuales funciona mucho mejor con niños que con adultos porque los niños aún no están condicionados por los prejuicios provenientes de los cánones, son espontáneos y audaces, y de manera intuitiva practican la escritura como suceso.
    Con la escritura comestible (textos en pasteles, en galletas, con salsa catsup, con mostaza, sopa de letras) el niño aprende que escribir también alimenta y sabe bien. Con la escritura artesanal (bordado, repujado, pirograbado, grabado), aprende a ser cuidadoso, metódico, preciso. Con la escritura efímera (en la arena, en el vaho de un vidrio, en la nieve, en un cigarrillo, con granos, con semillas, con polvo pintado) entiende que el placer de escribir no está condicionado por la permanencia de lo escrito. Con la escritura mágica (runas, por ejemplo) se da cuenta de que todo lo que traza su pluma tiene poder. Con la escritura epidérmica (tatuajes temporales, hena) logra establecer una relación aún más íntima con lo que escribe. Con la escritura portátil (camisetas, gorros, sombreros, bolsas, tazas) descubre que no tiene que llegar a los libros para tener lectores.
       Estos son algunos ejemplos de lo que sucede cuando dejamos atrás la idea del texto como producto y la sustituimos por la del texto como suceso. Esta idea de taller empieza funcionando bien. Veamos qué sucede en el futuro cercano.

2 comentarios:

  1. En ese futuro solo se cosecharàn los frutos de tan buen proyecto...abrazo.

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  2. Gracias, Rosio. Otro abrazo para ti.

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