10 de septiembre de 2013

Operación Snake, de Agustín Cadena. Por Norma Muñoz Ledo



Agustín, como escritor para jóvenes, es un caso especial. No me gusta hacer distinciones entre la literatura para niños y jóvenes y la literatura para adultos, sin embargo, el mundo editorial insiste en hacerlas, normalmente en detrimento de la literatura infantil y juvenil. Yo pienso que los buenos libros son para cualquier edad. Hay quien dice: “si te leen a ti, los jóvenes después podrán leer a Fuentes o a Borges”. Como si ésta fuera una ilteratura de segunda que preparase para una de primera. La crítica “seria” rara vez voltea a ver un libro para jóvenes. La edad de los lectores se considera la principal limitante: no se puede escribir de cualquier tema, tampoco hay una libertad en el uso del lenguaje, porque, ya saben, los jóvenes usan cada vez menos palabras y los niños, ni se diga. El asunto es que no es una literatura menor, pues requiere de un trabajo extra de la imaginación del autor: no sólo es entender la psicología de una edad particular; adaptarse a un cierto nivel de experienca de vida que el autor meramente adivina y lograr un lenguaje a tono con ese lector imaginario. También se requiere la creación de la obra con todos los elementos: el tema, el desarrollo, el desenlace y todo lo que eso implica.

El caso de Agustín, como decía, es especial. Él es un autor ampliamente reconocido en el ámbito de la literatura que no tiene distinción de edad, cuyo lenguaje fluye con igual belleza en la prosa que en la poesía. Agustín es, además, un gran lector, una persona erudita. Lo bello es que las gotas de su erudición resbalan a sus libros de una manera sutil, claramente perceptible aunque nunca ostentosa. Sus temas nunca me han parecido fáciles, ni sus personajes: él es un observador de la vida y de la naturaleza en el más extenso sentido de la palabra. Y muchas veces su mirada aguda ha caído sobre particularidades del comportamiento humano de las cuales no necesariamente nos sentimos orgullosos y las expone con ese deleite del lenguaje que para mí es una de las cualidades que lo definen como autor.

Lo especial es que un autor así decida andar el camino de la literatura para niños y jóvenes. Agustín no es condescendiente cuando escribe para este público. No hace concesiones. Considera al lector joven tan capaz como cualquiera. Sus temas siguen siendo complejos, el lenguaje no pierde terreno. He leído casi todas las obras que Agustín ha escrito en este camino, desde La guerra de los gatos, con la que ganó el premio Juan de la Cabada en 1998, hasta Operación Snake. Y el último me gusta mucho, ahora les diré por qué:

El protagonista, Horacio, es un adolescente que va por la vida con una actitud de desprecio hacia la humanidad. Entra a prepa en una escuela donde no conoce a nadie y se dedica a hacer una disección psicológica de sus compañeros, a quienes llama “conejitos”. En esa categoría están el chavo que busca ser amigo de todos, el guapo deportista, la rubia bonita y sus leales súbditas. Pero Horacio, autodefinido como chico duro, está harto de los conejitos y cito: “son niños que creen en el futuro, en la familia, en la pareja, en los iPhones y en lo cool... ¿por lo menos habrá un trasero interesante?”

Tras la apariencia de rudo, Horacio busca en realidad rostros inteligentes. Pero no es el único harto de una sociedad en donde todo parece producción en masa, hasta las personas y en donde los que piensan distinto prefieren aislarse, como él dice: “a los espacios más habitables, es decir libres de humanos”. En esa soledad del escondite conoce a Yara, que parece compartir su desprecio por la humanidad, empezando por él, a quien llama “feo, puerco y tonto”.

Los personajes de la novela –todos– me gustan por frescos, por genuinos, porque actúan y piensan como en verdad actúan y piensan los adolescentes y Agustín tiene la valentía de presentarlos sin pasteurizar. Me explico: el ámbito de la literura para niños y jóvenes en México a veces es muy fresa. En la preocupación por ser aceptados para las ventas escolares, autores y editoriales se suben al barco de los temas y el lenguaje puritano, existe una gran cantidad de libros donde los personajes están totalmente pasteurizados, es decir, trabajados para gustar, para encajar, despojándolos de toda su frescura. A Agustín eso no le interesa. Horacio es tan hormonoso y mal hablado como cualquier chavo de su edad. Y ve las cosas con artera acidez. Su vida familiar, por ejemplo, dista mucho de ser convencional, cito: “no creemos en supersticiones sociales: nada de que todos comemos juntos y nos contamos lo que hicimos durante el día. Cada quien come cuando llega o cuando tiene hambre. Toma de lo que hay en la estufa; si no encuentra nada ahí, busca en el refrigerador; si tampoco ahí hay nada, se va a la alacena y saca lo que pueda comerse sin morir envenenado”.

En esta novela, los personajes no caen en estereotipos. Horacio no es simplemente el rudo que se la vive en contra de todos los demás. En realidad es un chavo que tiene miedos e inseguridades como cualquiera. Uno de ellos, que es feo. El piensa que“los feos solemos consolarnos pensando que todos los guapos son imbéciles”... La cosa es que el guapo de esta novela no es imbécil, en realidad es buena onda. El miedo de Horacio al rechazo no es sólo un miedo adolescente, como si fuera un mal típico de la edad que antes no se padecía y luego se supera por arte de magia. Es, en realidad, un miedo profundamente humano. Cito a Horacio:“Yo pensaba que estaba bien esto de ser feo. O que en todo caso, no tenía importancia. Ahora creo que sí importa y veo mi cara en el espejo, mi ridícula “cara de niño” y me da rabia lo que veo. Y miedo. Miedo de no gustarle a nadie. ¿Será que nunca voy a saber lo que es besar a una mujer, ser deseado, hacer el amor? Todo el mundo tiene miedo de algo, ¿no?”.

El hilo conductor de Operación Snake es la vida preparatoriana de este chavo que fracasa en sus intentos por repeler a sus compañeros. En el trasfondo, están los asesinatos que han ocurrido en la ciudad y que la hermana menor de Horacio, Celina, apasionada de los temas macabros y la medicina forense, ha seguido puntualmente en las noticias. Muertes extrañas, donde el asesino paraliza a sus víctimas y después las desangra. Comienzan las sospechas de que el asesino es un ser sobrenatural, porque, claro, como dice Érick, el cincuentón amigo de Horacio: “Si existe lo normal, ¿por qué no va a existir también lo anormal? ¿Sólo porque es anormal?”…

Y aquí entra en juego una lamia, un ser de la mitología griega: “las lamias son antiguos demonios del agua, mujeres-serpiente de belleza inmarcesible que no envejecen nunca. Nunca, aunque tengan quinientos años. Pero su belleza es fatal: se alimentan de la sangre de los voluptuosos...”.Agustín revive a un ser mitológico, ancestral y le extiende la invitación a participar en su novela. Y la lamia acepta. Frágil y poderosa, seductora y letal, se desliza en la historia como portadora de una feminidad que provoca un deseo incontrolable, peligroso, que lleva a quien lo vive a su propia muerte.Y de nuevo, nada es lo que parece ser.

En Operación Snake como dije antes, Agustín no hace concesiones ni escribe con condescendencia. Lo mismo hace alusiones a William Blake, a Poe, a Rilke que invita al lector al diccionario con palabras como inmarcesible. No se entretiene con banalidades ni juicios morales. Yo creo que ésta novela marca un hito y un punto de partida en la literatura juvenil que se ha escrito en México: una literatura genuina que se disfruta, que entretiene, que mueve y que ante todo, respeta al lector juvenil como una persona compleja, inteligente y curiosa.

29 de abril de 2013

Mi nueva novela juvenil: Operación Snake



No hay pasatiempo más vigorizante ni más saludable que el de hacer enemigos. Es una expresión de poder, un marcaje de territorio, como cuando los perros mean lo que es suyo. Equivale a decir: “De aquí no pasas, imbécil”. Los tipos duros como yo, que lo han experimentado, me entienden. Los conejitos, no. Y en esta escuela todos son conejitos y dedican el primer día de clases a conocerse, medir a sus posibles rivales y ubicar a sus posibles aliados, ver hasta dónde van a poder aprovecharse unos de otros... empiezan a formar grupitos y a crear estructuras de poder. Y mientras tanto van por la vida sonriéndole hipócritamente al que pasa, tal como les enseñaron sus padres. Que hagan lo que quieran. No me importa. Me mantengo fiel a mis principios: todavía no termina mi primer día de clases y ya me di el lujo de ahuyentar a cinco que querían venir a untarme su amabilidad.
            —Hola —me dijo el primero. No le contesté. Me limité a barrerlo con la mirada. Pero siguió adelante—. Me llamo Sebastián. ¿Y tú?
            —Saldívar —le dije. Se lo dije en voz baja para que aprenda a hacer un esfuerzo de atención cuando yo hablo.
            —Ése es tu apellido —me informó.
            —¿De verdad? Gracias.
            —De nada.
            “Éste no tiene remedio”, pensé y me quedé mirándolo en espera de la aberración siguiente.
            —¿Cuál es tu nombre? —insistió.
            —Saldívar.
            —Ése es tu apellido —volvió a ilustrarme el peque—. Yo me llamo Sebastián Enríquez, y los profesores pueden llamarme Enríquez, pero para los cuates soy Sebastián. O Seb, si quieres.
            —Yo soy Saldívar para ti y para tus cuates —le dije, me di la vuelta y lo dejé ahí papando moscas. Me sacan ronchas los tipos sociables.
            A mediodía fue una fulana con todo su gang la que vino a jorobarme. Había terminado la clase de filosofía, más soporífera que una tarde de hamaca en el trópico. Presintiéndolo en cuanto entré al salón, me senté en la última fila, cerca de la puerta por si debía huir antes de tiempo. El maestro —un molusco de maestro, vestido de gris como corresponde— empezó a dictar cosas que le venían a la mente sin decir agua va, como si la musa de la inspiración pedagógica lo hubiera poseído de pronto. Al principio no veía a nadie, pero, en cuanto la musa le dio un respiro, bajó la vista a los mortales: se me quedó viendo con odio porque yo era el único que no estaba apuntando lo que tosía; le devolví la mirada con una compasión infinita. El molusco no se atrevió a decirme nada. Terminó la clase, tomé mi mochila, que no había abierto para nada, y fui el primero en salir. En un intento por olvidar la traumática experiencia, me fui a caminar por los jardines de atrás del edificio, donde no daba el sol. Los romanos eran hijos del sol. Yo no. A mí me disgusta, me cansa, me jode la vista, me da comezón en la piel... no lo soporto.
            Pues ahí, en ese espacio de sombra, fue donde sufrí el ataque. Estaba parado en el sendero de castaños que va al laboratorio de química, cruzado de brazos, distraído en observar la estela blanca que había dejado un avión en el cielo. De pronto apareció esta tipa con su corrillo de recién adquiridas amigas. Me hicieron recordar un almohadón que me bordó mi abuela cuando era niño, que mostraba una niña holandesa con zuecos y gorro de tres picos, arreando una parvada de gansos. Sólo que aquí faltaba la niña.
            —Qué entripado le hiciste pegar al tícher de filosofía, ¿eh? ¡Me encantó!
            Me le quedé viendo a las tetas. Eso no falla para hacer que se ofendan y se larguen, normalmente. Pero esta vez no resultó.
            —Está bonita tu sudadera. ¿Me dejas ver lo que dice? —me pidió con la mayor dulzura de que era capaz.
            Efectivamente tengo una sudadera, pero jamás me habían dicho que fuera bonita. Es muy simple: es negra y tiene un letrero en letras amarillas: Life is about kicking ass, not kissing it..
            —¿Sabes inglés? —le pregunté sin descruzar los brazos, esperando ofenderla con mi pregunta, ya que no la ofendí con mi mirada.
            —¿Oíste eso? —exclamó una voz de bruja enana detrás de ella— ¡Que si sabes inglés! Mi vida...
            —Seguramente lo habla mejor que tú —me informó otra de la parvada—. Su mamá es británica.
            —Sé decir “amor” en diez idiomas —la gansa alfa me sonrió con tono de perdonavidas; había olvidado todo interés en mi sudadera.
            —Búscame cuando sepas hacerlo en diez posiciones —le contesté.
            Se largaron. Alcancé a oír “Te dije que era un megapatán”.

*Editada en México por Ediciones B.