27 de marzo de 2014

LILITH, ABUELA DE LAS LAMIAS



*Ilustración: Lilith, de Jeks Inanuran



—Estaba leyendo este libro —comentó Erick—. ¿Lo has leído?
            Era un volumen en inglés: The Midrash and other Hebrew Sources, de  J. Yitzhaq.
            Horacio negó con la cabeza:
            —Cuenta la historia de Lilith —le explicó Erick.
            —¿Y ésa quién es?
            —La primera mujer de Adán.
            —No me interesa la religión, güey.
            —Esta historia te explicará el origen de las lamias. ¿Seguro que no la quieres oír?
            La expresión de Horacio cambió: reveló la apasionada curiosidad que la sola mención de la palabra “lamia” despertaba en él. Erick le dio una fumada a su narguile y empezó a contar:
            —Después de separar la luz de las tinieblas, la tierra de las aguas, etcétera, Dios creo a los seres vivos y luego tomó un puñado de polvo; con esto creó a Adán  y todavía le alcanzó para hacerle una compañera: Lilith. Cuando la pareja despertó del sueño de la creación, Adán quiso montar a Lilith, pero ella no se dejó: “¿Por qué no te quedas quieto y me dejas que me suba yo? —le dijo—. No quiero ser la que quede debajo”. “Pero tienes que obedecerme: eres mi esposa”. “Por supuesto que no: fuimos hechos de la misma manera, con la misma sustancia, y no tengo por qué obedecerte”. Y se volvió a dormir. Adán, por supuesto, se puso como fiera: ¿cómo que no le iba a obedecer? ¡Para eso se la había dado Dios! La despertó y comenzó a reclamarle. Estuvieron peleando hasta que la mujer, harta de él, lo dejó haciendo su rabieta y se fue a dar una vuelta por el Jardín. Adán se quejó con Dios. Y Dios, dando la primera muestra de solidaridad masculina, mandó a dos ángeles a que fueran a buscar a Lilith y le enseñaran a obedecer a su marido. Estos dos tontos la estuvieron buscando por todas partes y sólo después de mucho la encontraron; estaba bañándose en la playa. Le dieron el mensaje: decía Dios que regresara con Adán y le obedeciera. Ella se burló. Los ángeles tenían toda la intención de someterla a la fuerza, pero no podían meterse al agua, a riesgo de que se mojaran sus alas y luego no pudieran volar. Así que se sentaron en una roca a esperar. Lilith les gritó: “Mejor no se cansen. Prefiero quedarme aquí y ser devorada por una bestia marina, que regresar con Adán”. Los ángeles comprendieron que hablaba en serio. Volvieron al Cielo y le dieron razón a Dios de cuanto había pasado. Él sintió que hervía en toda su divina cólera y tuvo deseos de aniquilar a su mala creatura. Pero aún no existía la Muerte.
            —No se había cometido el Pecado Original.
            —Así es. Y cómo Dios mismo no podía estar por encima de su propia Ley, lo único que se le ocurrió hacer fue expulsar a Lilith del Paraíso; es decir, enviarla al reino del Caos, los dominios de Satán. Ahora bien, Satán era tan omnisciente como Dios y había seguido con interés el desarrollo de los acontecimientos en el Jardín. La personalidad y el temperamento de Lilith le habían fascinado y, como estaba seguro de que tarde o temprano Dios iba a hacer lo que hizo, había tomado la decisión de hacerle un gran recibimiento. Y ciertamente, en cuanto llegó, Lilith recibió el título de Luna Negra y fue coronada reina de la Noche: Lilith Malkah ha-Shadim, la versión hebrea de Perséfone y de Mictlancíhuatl.
            —¿Y qué pasó con Adán?
            —Quedó desconsolado y frustrado. Bueno, el pobre ni siquiera había podido hacer uso de sus derechos conyugales. Lloró tanto que volvió a quedarse dormido, como bebé. Dios se apiadó de él y decidió hacerle otra compañera, pero esta vez con cuidado. Estuvo pensando: tenía que hacerla de alguna parte del mismo Adán, a fin de que fuera subordinada y dependiente. Pero, ¿de dónde?, se preguntaba. De la cabeza no, porque sería más inteligente que su esposo; de los ojos no, porque iba a ser lujuriosa; de la boca no, porque sería murmuradora; del corazón no, porque sería celosa; del hígado no, porque sería gruñona; de las manos no, porque sería violenta; de los pies tampoco porque iba a ser vagabunda. ¿De dónde entonces? De una costilla, decidió por fin; así sería humilde y recatada.
            —Muy interesante.
         —Espera. Todavía no termina la historia. Mientras esto sucedía en la Tierra, Lilith ya estaba ansiosa por entrar en funciones como demonio. Príncipe de los Súcubos, era el título que le había dado Satán.
            —Querrás decir Princesa, güey.
        —Príncipe. Los demonios, como los ángeles, no tienen sexo. Pero los demonios sexuales, cuando deciden tomar forma humana lo hacen de una manera espectacular.
            —Bueno, sígueme contando.
            —Sí. Recordarás que, después de Caín y Abel, Adán y Eva tardaron mucho tiempo en procrear a Set. Durante este tiempo estuvieron separados, vagando cada uno por su lado. Dice la tradición que tuvieron relaciones sexuales con demonios, Eva con Samael, y Adán con Lilith. De estos adulterios nació una raza de humanos malignos: los que fundaron las primeras ciudades, aquellos de quienes Caín temía que lo mataran. Y de ellos también nacieron los titanes a quienes Dios quiso destruir con el Diluvio.
            —Que supongo no eran gigantes en el sentido literal.
            —No. Eran titanes en el sentido nietzscheano: voluntades enormes y revolucionarias.
            —Por eso Dios quiso exterminarlos.
            —Efectivamente. Pero no lo logró del todo. En el momento de subir al Arca, una de las nueras de Noé ya estaba embarazada, de un hombre de la raza maldita con quien había cometido adulterio. Llevaba en su vientre la semilla del Mal.
            —Y así le ayudó a sobrevivir hasta ahora.
          —Sí, es el Mal que nos aleja de lo solar y nos atrae hacia lo nocturno, lo orgánico, lo acuático. El poder desintegrador de la feminidad. Las lamias.
            —El poder de Lilith.
            —Así es. Las mujeres se dividen en dos clases: las hijas de Eva y las hijas de Lilith, las que nos llevan a la Luz, como Beatrice llevó a Dante, y las que nos llevan a la Sombra.
            —¿Y los hombres?
            —Los hombres también —concluyó Erick—: hay hijos de Adán y hay hijos de puta.

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