14 de noviembre de 2014

La violencia en la literatura juvenil




En foros recientes sobre literatura juvenil se ha estado insistiendo en una cuestión: ¿qué tanta violencia se puede incluir en una obra para adolescentes o qué tan conveniente es que se representen en ella escenas violentas? Por otra parte, he escuchado varias veces una queja llena de nostalgia generacional por parte de padres y maestros: “¿Por qué les gusta escribir cosas tan feas ahora? Tan bonita que era la literatura juvenil en mis tiempos”.
          No es mi intención quitarle importancia al tema. Es muy importante, tan importante que la respuesta que se dé colectivamente influirá sin duda en el perfil del género. Basta con que muchos consumidores coincidan en algo para que presionen a las editoriales y éstas, a su vez, filtren más o menos, a partir de ahí, lo que se publica.
          Lo que sí quiero decir es que el resultado final no depende de las opiniones de padres y maestros. Una diferencia simple pero muy importante entre literatura infantil y literatura juvenil es que al niño, hasta cierto punto, le escogen sus lecturas los adultos; el adolescente las encuentra por sí solo. Editores y autores lo saben: si uno quiere que un libro para niños se venda bien, debe convencer primero a los administradores de la lectura; ellos se encargan de lo demás. Los adolescentes, en cambio, ya no confían tanto en la opinión de sus mentores; confían en su propia capacidad para buscar lo que les gusta y conseguirlo aun si no cuentan con aprobación; si no reciben dinero para comprar un libro, lo pedirán prestado o encontrarán la manera de descargarlo de la red. Confían, también, en que muchos padres no se ponen a revisar sus lecturas. Cualquiera de mi generación recordará los libros que en nuestra época pasaban de mano en mano y gracias a los cuales nos hicimos lectores: cosas tan violentas como los cuentos de Edgar Allan Poe o las novelas del Marqués de Sade. Y hay que ver que nos ponían a leer Don Quijote y algunas obras de Shakespeare, y no estoy seguro de encontrar en la literatura universal autores más fascinados con la violencia que ellos, para no mencionar la Biblia por supuesto.
          Pero, hablando de obras menos artísticas y de las que el mercado editorial ofrecía como literatura juvenil, un gran éxito de 1975 fue Nacida inocente, de Bernhardt J. Hurwood: una novela en donde, en las primeras páginas, una niña de 14 años es violada con un palo. Tuvo tanto éxito que hubo una segunda parte y luego una imitación: Motín en el reformatorio, de Jack Thomas. Esos libros nos los recomendábamos unos a otros, nos los prestábamos y los adultos ni se enteraban. Por eso ahora vienen con eso de que “tan bonitos los libros que leíamos antes”.
          En fin, lo que quiero decir es que las respuestas a nivel teórico que se den a la pregunta de la violencia en la literatura juvenil dudosamente determinarán nada.

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