7 de noviembre de 2014

OFICIO: TEJEDORA



A Roxanna Erdman

De todos los oficios del mundo, el más ingrato es el de la araña. Es como una mamá pobre: se pasa la vida tejiendo para poder comer. Pero mucho de su trabajo es inútil: así como ella se empeña en tejer, así hay humanos que se empeñan en arruinar su obra con el pretexto de limpiar; ni siquiera se detienen a admirar ese prodigio de destreza, sutileza y creatividad, ni se preguntan cuántas horas se llevó hacerlo. Un escobazo y se acabó.
            Pero los humanos no son los únicos que estropean las telarañas. Infinidad de veces lo hacen los mismos bichos que debían quedar atrapados en ellas. Es que algunos son muy grandes o muy gordos o muy inquietos. Y se revuelven y se revuelven en lugar de aguardar la muerte en paz como la gente decente. Obvio: destruyen la obra. Algunos hasta logran escapar y todavía se van haciendo gestos de asco. Otros no escapan, pero son tan feos que la araña lo único que quisiera es verlos lejos de su casa.
            El hecho es que, por una cosa o por otra, es preciso volver a empezar. Y eso hace la araña todos los días: tejer, reforzar, reparar, esperar, volver a tejer, volver a reforzar, volver a esperar...

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