26 de noviembre de 2014

Teoría de los cuadritos o por qué escribí La sed de la mariposa

Photo: Maxim Abramov



Al nacer varón, la sociedad me asignó un cuadrito para moverme dentro de él, diferente al asignado a las niñas. Ser primogénito significó otro cuadrito que, sin darme cuenta, determinaría mucho de lo que se esperaba de mí. Luego vinieron otros cuadritos: ser de una familia tal, vivir en un barrio tal de una ciudad tal. Y con estas asignaciones vinieron las líneas rojas y las expectativas por las que se me hacía responsable: ¿por qué tenía que aguantarme las ganas de llorar sólo por ser hombre? ¿Por qué no podía jugar con una muñeca y en cambio debían gustarme los balones? (Nunca me gustaron, hasta la fecha no me gustan, nunca van a gustarme), ¿Por qué no podía salir descalzo a la calle o limpiarme los mocos con la mano, como sí les estaba permitido otros niños?
          Al crecer y empezar a creerme listo, caí en la trampa: sacarle partido al sistema de ventajas de cada cuadrito, porque ser un alumno aplicado es diferente que ser un burro, ¿no es así? El encierro es ligeramente menos estrecho, aunque el discurso oficial de la sociedad diga que es mucho menos estrecho. No me daba cuenta de que todo era lo mismo: no importa cuántas veces cambies de cuadrito, siempre estarás en uno. Jamás en un círculo ni en un rombo.
          Viviendo en el extranjero durante muchos años, me ha parecido esto más y más asfixiante y más y más perverso. ¿Por qué tengo que bailar salsa sólo porque soy latinoamericano? ¿Por qué el ser mexicano me obliga a ser alegre y bebedor?
          Un día, un policía de un país europeo me contó una anécdota: llamaron de un centro comercial para que fueran a arrestar a dos adolescentes que habían sido sorprendidos robando. Los oficiales acudieron y subieron a la patrulla a los dos chicos. Uno de ellos era de una minoría étnica; el otro era blanco. En el camino, el policía que iba en el asiento del copiloto se puso a sermonear al niño blanco: “¿Por qué robas?, ¿qué educación te han dado tus padres?, ¿No te da miedo ir a la cárcel?” y así durante una hora, hasta que se cansaron de dar vueltas y dejaron libres a los dos ladrones. El castigo para el niño blanco fue ser interrogado y sermoneado; el del otro chico, ninguno. A él ni siquiera lo miraron. ¿Por qué? Porque era de una minoría, probablemente inmigrante. Para qué perder el tiempo con él; de todas maneras —me explicó el policía— iba a acabar mal o simplemente no acabaría en nada. Cuestión de cuadritos, ¿verdad?
          Pues de eso quería yo hablar cuando escribí La sed de la mariposa: del derecho de todos a romper cuadritos. De la necesidad de hacerlo. Quería mostrar que lo que más perturba a la sociedad respecto a los lobos con piel de oveja no es lo peligroso del lobo (¿qué puede hacer un pobre lobo solitario contra el gigantesco rebaño y sus perros pastores?). No, no es eso: no es el peligro. Una vaca con piel de oveja produciría el mismo grado de angustia social. ¿Por qué? Porque se está moviendo en un cuadrito que no le toca. Hay que matarla o aislarla a como dé lugar, por el bien de “nuestros valores”.
          La vaca (o el lobo para el caso) tiene una posibilidad de salir bien librada: aprender a balar, no volver jamás a mugir y olvidarse de que es vaca.

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