10 de diciembre de 2015

Fieras adentro




Primer capítulo de mi novela juvenil más reciente, Fieras adentro, publicada en marzo de 2015 por la editorial Progreso.



Eran casi las cinco de la tarde cuando Lluvia se apeó del autobús que iba al hospital. En las casas cercanas, que se veían especialmente solitarias con sus árboles desnudos y sus jardines helados, las luces ya se habían encendido. Era a finales de enero y oscurecía temprano, apaciblemente, sin ruido, si acaso el cansado graznido de una urraca que llegaba a dormir, el grito de algún niño que jugaba a lo lejos, un perro... Esa quietud de los suburbios, junto con la sensación de que alguien la seguía, hizo que Lluvia sintiera escalofríos.  Se apresuró a entrar.
          —Buenas tardes —saludó a la enfermera de turno, mostrando su pase de visitante.
          —Buenas tardes, m’ija —le respondió la mujer, sin mirar el pedazo de cartulina que Lluvia le ofrecía. Se había acostumbrado a las visitas de esa chiquilla, casi tan rara como el paciente a quien iba a ver. Lluvia tenía casi catorce años, aunque habría aparentado menos porque todavía tenía cuerpo de niña. Pero si su físico le quitaba edad, la expresión de su cara se la aumentaba. Tenía una expresión dura: los pómulos enmarcados por el cabello castaño, los ojos brillantes por lo que parecía una feroz preocupación, los labios ajenos a la sonrisa. Llevaba un abrigo negro, largo, y debajo un suéter color vino de cuello alto, shorts grises de lana, mallas del mismo tono que el suéter y botas negras. A la espalda, una mochila.
          Cruzó la puerta de cristal de la recepción y se halló en un pasillo largo que se encontraba perpendicularmente con otro, al fondo. En el camino se topó con varias personas: un médico que siempre le sonreía con paternal simpatía, una enfermera que empujaba un carrito con alimentos, una anciana muy arreglada que parecía venir de visitar a algún enfermo.
          Entró a la habitación con cuidado, tratando de no hacer ruido con la puerta.
          El niño yacía boca arriba, dormido, respirando acompasadamente como una persona sana. Pero esa impresión era desmentida de inmediato: la palidez extrema, la cabeza rapada, la venoclisis, la bata de hospital, la hoja clínica en la cabecera de la cama...
          —Hola, Lluvia —no estaba dormido: la sintió llegar. Pero no abrió los ojos hasta que sintió el beso de ella en su frente.
          —Hola, amor.
          Aristóteles era la única persona en el mundo a quien Lluvia llamaba con una expresión cariñosa. Ni siquiera a su novio le había concedido ese privilegio. Pero Aristóteles, con todo y que todavía no llegaba ni a la pubertad, daba por hecho que los novios eran ella y él; al otro lo había borrado del mundo. Y Lluvia lo dejaba creer cuanto quisiera; no habría hecho nada que lo contrariara.
          Lo recordó al principio de todo eso, cuando aún podía caminar y vivía en su casa. Aristóteles padecía una enfermedad extraña: una especie de leucemia que lo fue consumiendo poco a poco. Él sabía que no iba a curarse. Era un pequeño genio: cómo no iba a saberlo.
          —Voy a morir pronto —decía.
          Y entre más decía eso, más lo quería ella, con más ganas empezó a visitarlo, primero en su casa y luego allí, en el hospital. No le importó pelear con su novio por causa de él, ni que muchas veces llegara exhausta a la escuela, cayéndose de sueño porque se había pasado la noche en vela, cuidándolo. Es cierto que el niño tenía a su madre y a su bisabuela para ver por él, pero él prefería a Lluvia. Con su madre siempre se había sentido oprimido y tenía razones para culparla por su enfermedad.
          —¿Quieres que suba la persiana? —preguntó Lluvia— Ya oscureció.
          —Sí, por favor. Y enciende la luz.
          Ella obedeció y luego se sentó en la silla al lado de la cama del enfermo. Sacó un libro que llevaba en su mochila. A Aristóteles le gustaba que le leyera en voz alta.
          —Ahora no.
          —¿No quieres que sigamos con Enzensberger?
          —No. Quiero platicar.
          Lluvia guardó el libro y se dispuso a escuchar lo que su novio honorario tenía que decirle.
          —Cuéntame de los muchachos. ¿Cómo están todos?
          —Pues... bien.
          —¿Marcelo?
          —Con María Inés, como siempre. Contentos.
          —Ha estado yendo a mi casa a que mi bisabuela le enseñe a pintar. ¿Has visto sus cuadros últimamente?
          —No, pero ojalá eso le ayude a decidir qué va a hacer ahora que terminemos la secundaria.
          —Es verdad: ya van a terminar. Un año más y adiós. Por cierto, ¿sí se va a venir tu prima a vivir acá?
          —Ya está aquí, en mi casa —respondió Lluvia casi con horror—. Lo bueno es que pude convencerla de que estaría más cómoda en una de las habitaciones para huéspedes.
          —No me digas que quería dormir contigo —exclamó Aristóteles, divertido.
          —No exactamente conmigo, pero sí en mi habitación.
          —¿Y qué dicen tus abuelos de eso?
          —Pues están contentos. Piensan que porque soy huérfana debo sentirme sola y que cualquier compañía me hace bien.
          Aristóteles iba a preguntar algo más, pero en ese momento entró una enfermera llevando una charola con un vaso de agua y dos frascos con pastillas.
          —¿Me das un poco? —le preguntó Lluvia, que tenía sed, en cuanto él se tomó las pastillas y devolvió el vaso a la enfermera.
          Pero Aristóteles prefirió jugar al anfitrión magnánimo:
          —Señorita Lozano, ¿podría traerle un vaso de agua a mi novia, por favor?
          Así se la había presentado a enfermeras y doctores y a cuanta persona llegaba a coincidir con ella en las visitas: como su novia. A la gente le daba risa la seriedad con que pronunciaba esa palabra, una palabra enorme para un niño de nueve años.
          —Uy, nene —a la enfermera le gustaba mortificarlo llamándolo “nene”—, fíjate que eso sí no se va a poder, en primera porque soy enfermera, no mesera. Y en segunda porque los alimentos son sólo para los pacientes —y salió de la habitación, dejando a Aristóteles trabado de coraje y a Lluvia, divertida. Sin embargo, a los pocos minutos volvió llevando una jarra con agua y dos vasos limpios.
          Aristóteles quiso vengarse poniéndose mórbido:
          —¿Cómo es la muerte, señorita Lozano? Seguro que usted ha visto morir a muchas personas, quizá en esta misma cama.
          Ella no se dejó sorprender:
          —Ahorita te explico, nene. Primero déjame cambiarte: ya has de estar mojado otra vez, con tanta agua que tomas cuando viene tu novia de visita —y se volvió para guiñarle el ojo a Lluvia.
          Aristóteles no vio eso. En cambio se ruborizó intensamente.
          —N-n-no —tartamudeó—. Ahora no... no es necesario.
          —No tienes por qué dejar de platicar. A tu novia no le molestará que te cambie el pañal delante de ella, ¿verdad, Lluvia?
          —Claro que no —en otra ocasión, la chica habría disfrutado unirse a la enfermera para bromear con el enfermo. Pero ahora no se encontraba bien; sabía que era verdad: Aristóteles iba a morir pronto.
          La enfermera se dio cuenta de que no era momento para bromas y se retiró.
          —La semana próxima me mandan de regreso a mi casa —anunció el niño—. Ya no hay nada qué hacer.

Cuando, una hora después, salió del hospital, un solo pensamiento ocupaba la mente de Lluvia: “No es justo”.
          Empezaba a lloviznar ligeramente, tan ligeramente que las gotas de agua se quedaban prendidas en su abrigo como un bordado de minúsculas perlas. Era de noche y la temperatura había descendido. A través del aire helado alcanzaba a verse, borroso por la llovizna, un anuncio espectacular a la orilla de la carretera. Era de una compañía de seguros. Decía: Porque la vida no siempre es justa. Y mostraba un tipo enclenque cargando con gran esfuerzo unas mancuernas muy pesadas, de 35 kilos o más, y al lado un fortachón levantando unas ligeritas, como de 3 kilos.