10 de enero de 2016

Los vagos



Imagen: "Urban Rain", de N. Maulina (Deviant Art)

Los vagos habitan en todos los rumbos de la ciudad, numerosos como las ratas. Son alegres y salvajes, dionisiacos, indomables, cambiantes como la luna. Cierto que pueden traer desgracias como incendios, anarquía, malos ejemplos o estallidos sociales, incluso granizo y peste, pero jamás son malignos, aunque los ciudadanos se hayan empeñado en presentarlos así. En general, viven demasiado ocupados en sus cosas: eso que la gente llama “no hacer nada bueno”.
          Los vagos sienten mucho y no sienten nada. Y creen en todo y no creen en nada. No van a la iglesia ni luchan por la patria ni apuestan al futuro. Su lealtad es feroz y su venganza es terrible, aunque esto no quita que sean vulnerables. De hecho parecen tan vulnerables que con frecuencia son el blanco favorito de la sociedad; los buenos ciudadanos se desahogan con ellos de sus frustraciones, sus miedos, su impotencia ante la desintegración de sus valores.
          Los vagos pueden brotar en cualquier sitio, de repente, sin que sea posible olvidar el brillo de sus ojos. Juegan con naipes y con cuchillos, escalan muros y violan cerraduras, envían a los muertos en contra de los vivos. Pero también protegen a los gatos y a los perros callejeros, cuidan a los niños, consuelan a los borrachos. Sin embargo, muy a menudo se sienten solos. Entonces se agencian amantes y se enamoran locamente, como quien camina en una cuerda sin red de protección. Los vagos ronronean como gatos cuando están enamorados, pero sus amores duran poco. Cuando terminan, se echan a la espalda su mochila y se van. Tarde o temprano, los vagos se marchan. Siempre se marchan. Por eso a veces los vemos solos, pensativos, fumando duramente en alguna banca solitaria.

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