18 de octubre de 2016

La niña del cementerio



Imagen:  "A Magical Night in the Cemetery", by Estruda (Deviant Art)


Eran pasadas las once de la noche cuando por fin se hizo el silencio en casa de los gemelos. Sus padres se habían puesto a discutir por una tontería: porque el perro estaba acostumbrado a que lo sacaran a pasear después de cenar. Los cuatro miembros de la familia se turnaban para eso. Y ahora le tocaba hacerlo al papá, pero no quiso ir: dijo que estaba muy cansado y que el perro no se iba a morir si dejaba de salir una noche. Eso fue suficiente para desatar una pelea. Escenario: el comedor.
         —Ya no discutan, yo lo llevo —dijo Miguel, tratando de parar aquello. Pero su mamá no lo dejó. Nadie más que su padre iba a sacar al perro porque era obligación suya y de nadie más. Todos en esa casa tenían trabajo y terminaban cansados y sin embargo cumplían, ¿por qué él no iba a hacerlo?
         Miguel y Gabriel prefirieron irse a la cocina a lavar los platos que presenciar una vez más el drama cotidiano. Se desocuparon rápido y subieron cada uno a su habitación. Los ponía tan de mal humor oír pelear a sus padres que ni siquiera se pusieron a jugar juntos, como lo hacían a menudo en la noches. Desde la escalera, Gabriel oyó cómo su hermano se encerraba y encendía la computadora, y luego le llegaron, asordinados, los efectos de sonido de su juego favorito. “Va a estar con eso hasta medianoche, por lo menos”, pensó. Normalmente jugaban sólo un rato para poder levantarse frescos a la mañana siguiente, pero Miguel se refugiaba en los videojuegos siempre que había problemas en la casa y entonces ya no le importaba la hora; jugaba hasta que se calmaba, lo cual sólo ocurría después de dos o tres horas.
         Gabriel entró a su habitación y cerró la puerta con seguro. Lo ponía nervioso que su hermano estuviera jugando porque en cualquier momento podía ir a buscarlo, con el pretexto de enseñarle que había pasado al siguiente nivel o había encontrado un arma nueva o una puerta secreta. Pero ya le había prometido a Kumi que iría a verla. No podía faltar. De cualquier manera, pensó, Miguel ya sabía de esas citas y ya había intentado chantajearlo con que lo acusaría con sus padres. Pretendía que lo dejara acompañarlo. Pero Gabriel no quería ir con él: su hermano no se tomaba nada en serio, se burlaba de todo y además se creía el mayor sólo porque había nacido dos minutos antes.
         Se recostó en la cama sin deshacerla, boca arriba, con las manos unidas como almohada bajo la cabeza y los pies colgando, puso su teléfono en silencio, por cualquier cosa, y esperó. Oyó los aullidos del pobre perro, impaciente por salir a pasear. Ya sabía cómo iba a terminar todo: los aullidos eran la señal para dar por terminada la discusión. Su papá, finalmente, se pondría los zapatos y la chamarra y se llevaría al perro. Una hora más de espera.
         En efecto, ya eran más de las once cuando se apagaron las luces y la casa quedó en silencio salvo por los gritos de agonía, apenas audibles, del videojuego de Miguel.
         Gabriel bajó sin hacer ruido. Conocía perfectamente su casa y aun en la oscuridad pudo encontrar su camino sin mover nada, ni las macetas que había en cada uno de los escalones ni el sillón donde se echaba a dormir el gato. Pasó con sigilo frente a la recámara de sus padres y, una vez, en el pasillo de entrada, se puso los zapatos y tomó su chamarra y su gorro del perchero.
         En la calle hacía mucho frío y por lo mismo no se veía ni un alma. Sólo de vez en cuando pasaba algún coche o se oía, lejana, la voz de algún borrachín que volvía de la cantina.
         Apretó el paso, sabiendo que así se le quietaría el frío. El cementerio estaba lejos.
         En algún momento, el aspecto urbano de la ciudad comenzó a desvanecerse, dando lugar a un espacio rural de casas típicas y calles empedradas, de jardines, huertos y corrales. Al paso de Gabriel se levantó un rumor de animales de granja: algún caballo piafó inquieto, algún ave despertó sobresaltada, los perros empezaron a ladrar.
         Finalmente llegó. Ahí estaba la tapia alta y sólida, imponente, hecha de piedras lamosas y renegridas por los siglos. En un primer momento, saberse en un cementerio en medio de la noche le dio miedo. Un miedo supersticioso, irracional. Siluetas de criptas, cruces y obeliscos se recortaban, negras, contra la claridad nocturna. Un viento suave, casi imperceptible y no obstante tenaz, empujó una nube enorme que vino a eclipsar la luna. Todo quedó aún más oscuro. Apenas si era ya posible distinguir los cipreses que se mecían sutilmente.
         —Hola —lo saludó una voz desde lo alto.
         La ropa le quedaba enorme: el gabán, el suéter que llevaba debajo, el sombrero de ala ancha... los jeans eran de su talla, pero estaban viejos y parchados burdamente en las rodillas, como si ella misma hubiera hecho el trabajo. Los zapatos también estaban rotos, tan rotos que con el movimiento se abrían como bocas hambrientas, dejando ver los pies pequeñitos con calcetas de distinto color. Se encontraba sentada sobre la barda —esa enorme barda de tres metros de alto—, columpiando las piernas.
         —Kumi —así la saludó Gabriel: diciendo sólo su nombre. Pero lo pronunció poniendo en él todo el significado que podía, como acariciando los sonidos, como si pronunciara un encantamiento o una invocación. Ése era su secreto: el secreto de Gabriel se llamaba Kumi.
         La niña dejó de columpiar los pies y quedó inmóvil, inexpresiva. Parecía un fantasma con su suéter gris todo guango y encima su gabán de detective o de mafioso. De hecho, a cualquier persona normal le habría parecido sumamente extraña la escena. ¿Qué hacía una niña a esas horas de la madrugada, sola, sentada peligrosamente en lo alto de la barda de un cementerio? ¿Dónde estaban sus padres? Pero Gabriel, afortunadamente, no era una persona “normal” y a él no le pareció nada del otro mundo ver a Kumi ahí trepada. Así se habían encontrado todas las veces, desde que se hicieron amigos.
         —Qué bueno que hoy no hace tanto frío —dijo ella, casualmente.
         A él no se le ocurría más que mirarla, aunque no era posible distinguir sus rasgos porque estaba a contraluz de la luna, el sombrero le hacía sombra y la iluminación artificial era muy precaria en esa parte de la calle. La claridad de la noche, ambarina y húmeda, brillaba en las desgastadas salientes de la barda de piedra.


Fragmento de la novela Fieras adentro. Editorial Progreso, México, 2015.

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